Yo vivo de preguntar…

"Yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo…"

El por qué del silencio de Bojayá

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Rueda de prensa

Imagen de la rueda de prensa convocada el domingo 21 de mayo por el Comité de Víctimas de Bojayá, con el acompañamiento del Centro Nacional para la Memoria Histórica, el Instituto Nacional de Medicina Legal, la Consejería Presidencial para los Derechos Humanos y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Foto: Nubia Rojas

Debido a mi doble condición de periodista y consultora independiente, cubriendo y analizando temas de paz y derechos humanos, por un lado, y asesorando a ONG y organizaciones sociales en temas de comunicación estratégica, por el otro, estoy familiarizada con el desencuentro que se da a menudo entre los periodistas y las personas que trabajan en y con las comunidades y colectivos en situación de vulnerabilidad. Me he trazado la meta personal y profesional de acercarlos y de ayudarles a superar su desconfianza, sus prejuicios y sus resistencias mutuas, porque estoy convencida de que la comunicación fluida entre ambos potencia un trabajo conjunto de enorme valor e importancia para comprender el pasado y el presente de este país, proyectar el futuro, hacer visible lo invisibilizado y marginado, y buscar la verdad. Lo he comprobado muchas veces.

Como periodista, entiendo el reclamo de los colegas que ondean la bandera de la libertad de prensa e información y que no dudan en denunciar cuando se sienten constreñidos, censurados o vetados injustamente. Por eso, mi primer impulso al leer el artículo de Patricia Nieto, titulado “El silencio de Bojayá”, en el que exponía lo que, a su parecer, fue un veto a su trabajo por parte del Comité de Víctimas durante el cubrimiento de los restos de los asesinados en la masacre, fue de respaldo.

Lo sentí así porque creo que los periodistas deben poder cuestionar los abusos de poder o autoridad, sea quien sea que los detente, y porque en mis más de diez años de trabajo he visto que, lastimosamente, hay comunidades en varias partes del país (por suerte creo que no son mayoría) cuyos líderes hacen más daño que bien, persiguen solo sus intereses personales e instrumentalizan a las personas para quienes dicen trabajar, sin ser cuestionados por nadie. Por un lado, porque se asume que su origen o condición los revisten de una bondad automática, pero también por temor a que eso se interprete como una intromisión indebida en los procesos organizativos y en la autonomía de las comunidades o como un irrespeto hacia ellas. Creo que es algo que se debe decir con claridad y que no equivale a meter a todos los líderes en el mismo saco ni a desconocer que la mayoría de ellos son íntegros y arriesgan su propia vida y su seguridad por defender los derechos de sus comunidades.

También soy consciente de que hay comunidades y personas que sienten, con sobrada razón, una enorme desconfianza hacia la prensa, debido a malas experiencias. Algunos medios de comunicación y periodistas han tergiversado, manipulado o incomprendido la información relacionada con ellos; otros también los han instrumentalizado, estigmatizado, revictimizado o irrespetado de múltiples maneras. Tampoco hay bondad absoluta en el periodismo. Pero, cuando asesoro a quienes necesitan comprender cómo visibilizar su trabajo a través de una comunicación eficaz con los medios, me esfuerzo por hacerles entender que también los hay éticos, serios, comprometidos con la verdad y respetuosos del dolor de quienes sufren. Siempre me ha irritado la injusticia de hablar de “los medios y los periodistas” en general, sin diferenciar entre calidad e intenciones, y la tendencia a culparlos medios de todos los males, del mismo modo en que me molestan profundamente la mediocridad e irresponsabilidad en el abordaje de los temas y el irrespeto por los derechos de las personas.

Todo hecho tiene muchas versiones, tantas como implicados, afectados o analistas. Leí el artículo de Patricia Nieto, pero me faltaba conocer la otra versión. Encontré un artículo en Colombia Plural que no me satisfizo del todo, quería escucharla de primera mano, de la voz de sus protagonistas. Asistí, entonces, a la rueda de prensa que convocó el domingo el Comité de Víctimas de Bojayá y entrevisté en privado a su líder, Leyner Palacios.

Durante mi conversación con él confirmé, casi automáticamente, que detrás de toda esta polémica hay un tremendo malentendido y una tensión entre lo que cada quien considera “su derecho”. No la conozco personalmente, pero en el gremio se sabe que Patricia Nieto es una experimentada periodista que lleva muchos años dedicada al cubrimiento del conflicto. Por otro lado, he estado en Bojayá y sé que para una comunidad tan victimizada es muy importante que se respeten sus creencias, sus derechos y su duelo, y así lo han defendido. La tensión que veo es entre el derecho que sienten los periodistas a informar sin veto alguno y el que defienden las comunidades a su intimidad, a que no sea expuesto en público lo que consideran privado.

El protocolo de la discordia

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Leyner Palacios, líder del Comité de Víctimas de Bojayá. Foto: Nubia Rojas

La versión de los hechos que me contó Palacios es la misma que también dio en entrevista con Verdad Abierta: dice que, cuando estas le dijeron que querían cubrir las exhumaciones, les advirtió a la periodista y a la fotógrafa que le acompañaba que eso “sería complicado porque la asamblea del Comité de Víctimas había decidido a finales de abril que no hubiera presencia de la prensa”. En general, su molestia y la de la comunidad se originó en que sintieron ignoradas sus peticiones e irrespetados sus momentos de intimidad, máxime cuando tienen rituales de gran raigambre ancestral que son para ellos de la mayor importancia.

Palacios dice que el Comité cuenta con un protocolo de relacionamiento con los medios desde el año 2004 y que han ido ajustándolo dependiendo de las necesidades, antes de cada evento importante en el que prevén que la prensa puede interesarse. Dice que lo hicieron por su cuenta, de buena fe, pero sin contar con la asesoría de nadie. Reconoce que la comunidad no cuenta con los recursos ni el conocimiento suficientes como para estar seguros de que el contenido del documento es el adecuado, pero hasta el momento deducen que sí porque, en general, los medios lo habían respetado y había funcionado. Añadió que están dispuestos a ser asesorados sobre ese tema, pero siempre y cuando se respeten sus condiciones.

El protocolo fue uno de los factores más importantes que desató la rabia de las periodistas, pues fue publicado el 11 de mayo, cinco días después del incidente entre ellas y los líderes por el cubrimiento de las exhumaciones. Las comunicadoras dedujeron que el Comité lo había creado improvisadamente para obstaculizar su trabajo. Le pregunté a Palacios por qué publicaron tardíamente el protocolo y si es consciente de que las suspicacias pueden ser válidas y dijo que él les comentó verbalmente de la prohibición y de la existencia del documento porque no había podido escribirlo y publicarlo antes, debido a que no había tenido tiempo: “Lo último en lo que pensábamos era en que tuviéramos que hacer un protocolo para relacionarnos con la prensa, teniendo en cuenta que en este momento cargamos un dolor tan terrible y hemos estado tan concentrados en la recuperación de los restos de nuestros familiares, por fin, 15 años después de la masacre, que esa no era nuestra prioridad. El protocolo fue, en parte, producto de lo que vimos que estaba sucediendo”, dijo.

Al desconocimiento del Comité (común a varias organizaciones no gubernamentales y colectivos sociales) sobre cómo tratar su relación con los periodistas, y a que estos últimos asumen (casi en general y, a veces, equivocadamente) que los otros  deberían saberlo, se sumó que los bojayaceños asumieron que los periodistas “conocían las reglas de juego”, pues ya durante el acto de petición de perdón de las FARC, el 6 de diciembre de 2015, habían prohibido la presencia de los medios para evitar que se convirtiera en un show mediático y, a cambio, ofrecieron enviarles ellos mismos información e imágenes del evento y no hubo desacuerdo al respecto. Palacios reconoce que, en ese sentido, pudieron haberse equivocado al no reiterar con antelación que se iba a proceder del mismo modo.

El líder afirma que la polémica desatada le ha dolido mucho al Comité, sobre todo, por el momento de duelo que atraviesa la comunidad. También dijo estar preocupado porque en el artículo se exponen los nombres y fotografías de muchas personas que se encuentran en un alto nivel de riesgo y que varios señalamientos “son injustos”. Sin embargo, afirma que ni él ni la comunidad tienen ningún resentimiento hacia Patricia Nieto y que están buscando contacto con ella para superar el incidente: “Los bojayaceños creemos en la reconciliación. Esperamos que esto se aclare de la mejor manera y que contribuya a mejorar la relación entre los medios y las comunidades. Todos los seres humanos cometemos errores, los hubo de parte y parte. No vamos a estigmatizar a ningún periodista, consideramos que su trabajo es muy importante. Creemos en la libertad de prensa, pero solo pedimos un poco de intimidad en este momento tan difícil”, recalcó.

Hacia un relato de país más incluyente

Atardecer en el Atrato

Atardecer sobre el río Atrato. Foto: Nubia Rojas

Uno de los aspectos más discutidos a propósito de esta polémica es el de las narrativas, es decir, lo que se dice, lo que no se dice, desde qué punto de vista y con qué intención, entre otros aspectos. “¿A quién beneficia una única narrativa de la segunda exhumación en Bojayá?”, preguntaba Patricia Nieto en su artículo. La respuesta a esa pregunta, que considero pertinente y que aplica en general, es: a nadie. El momento que vive el país implica que debemos estar abiertos a aprender y a reconocernos, abordando la realidad desde sus múltiples matices, comprendiendo y respetando la existencia de múltiples verdades y buscando un equilibrio entre ellas. No nos beneficia una única narrativa mediática, tampoco una única narrativa de los protagonistas de la realidad, sea cual sea el trozo de ella que abordemos.

Le pregunté a Leyner Palacios cómo les gustaría a las víctimas de Bojayá ser representadas y si estaban conformes con la representación que los medios estaban haciendo de ellas: “En este momento específico –respondió-, nos gustaría que no mostraran los huesitos de nuestros familiares, que no nos muestren llorando, sino luchando por una reivindicación de nuestros derechos, por el trabajo que hacemos cada día por salir adelante y sobreponernos al dolor. Que, en vez de mostrar los huesos, mostraran los rostros de las personas que fallecieron, queremos seguir recordándolos desde la vida, desde la importancia de sus valores y sus apuestas. Eso es todo lo que pedimos y consideramos que estamos a tiempo de corregir errores”.

La prensa colombiana pasó de lo conocido a lo desconocido en muy poco tiempo: de cubrir el conflicto durante 50 años, estar familiarizada con su lenguaje, sus protagonistas y sus relatos a través de las fuentes de siempre, mostrar la violencia y la muerte, a cubrir una paz desconocida, que obliga a escuchar múltiples voces que nunca antes, tanto como ahora, habían podido hacerse escuchar y reclamar su derecho a expresarse, pero, también, a callar. Para esas voces, desacostumbradas a que alguien las escuche, también es un reto y un aprendizaje aprender a comunicar sus demandas, sus opiniones, su visión del mundo. Y es deber de quienes las acompañan facilitarles el acceso a ese conocimiento y ayudarles en ese proceso, que no siempre es fácil.

Comunicadores, académicos, analistas e investigadores sociales llevan mucho tiempo (me atrevería a decir que al menos dos décadas) criticando, preguntando y opinando sobre el rol de los periodistas frente a la realidad del país, antes, desde la perspectiva del conflicto y, ahora, frente a la construcción de la paz. Palacios opina que es importante que transmitan mensajes de reconciliación, de solidaridad y hermanamiento. Pero, sobre todo, que reflejen la enorme diversidad cultural del país, “las diferentes maneras que tienen los indígenas, los negros, los mestizos, de relacionarse con el mundo y con la naturaleza, con la vida y la muerte. Sería interesante que eso también se divulgara. Estoy convencido de que la construcción de la paz va a ayudarnos a que todo esto se haga visible”, dice.

No abogo por la condescendencia, pero sí por la comprensión entre dos importantes actores para el conocimiento de la realidad que se necesitan mutuamente y que pueden cooperar de manera exitosa. Y considero que es necesario propiciar un encuentro honesto entre los periodistas y quienes tienen algo que decir, o que callar, sobre lo que han vivido. Quizá esa sea otra paz, otra reconciliación y otro diálogo pendiente, del que todos los colombianos saldremos ganando, para construir un relato más incluyente de país. Quizá para eso nos sirva este desencuentro entre el Comité de Víctimas de Bojayá y dos periodistas: para aprender. Quién sabe.

Artículo publicado el 23 de mayo en el portal Verdad Abierta. Para ver la publicación original, haga click aquí 

“Los colombianos y los congoleses conocemos bien el sufrimiento y estamos luchando por la paz”: Entrevista con la abogada, periodista y activista congolesa Caddy Adzuba

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Caddy Adzuba, durante su visita a Bogotá. Foto: Grace Torrente y LolaMora Producciones

Entre Colombia y la República Democrática del Congo (RDC) hay una distancia geográfica de casi once mil kilómetros y la superficie de ese país centroafricano es el doble del tamaño de Colombia. Sin embargo, pese a lo diferentes que puedan parecer entre sí, comparten realidades y características similares: ambos están en la lista de países megadiversos, aquellos que albergan el mayor índice de biodiversidad del planeta. Tienen una vasta extensión y población rural, problemas relacionados con la tenencia de la tierra; desplazamiento forzado interno, niños soldado, graves violaciones a los derechos humanos, masacres, corrupción, y una historia antiquísima de explotación sistemática e indiscriminada de sus recursos naturales, en los que son inmensamente ricos. Para ambos países, paradójicamente, su riqueza ha sido una de sus mayores desgracias.

Al igual que en Colombia, en la RDC ha habido conflictos armados recurrentes, con multiplicidad de actores. La más afectada ha sido la población civil, que no solo es víctima de abusos de todos los contendientes, sino del abandono del Estado. Las mujeres llevan la peor parte: no solo pierden a los hombres de su familia y quedan solas al cuidado de los hijos como consecuencia de la violencia, sino que son víctimas de las más brutales e inimaginables violaciones. Según la Revista Estadounidense de Salud Pública, la República Democrática del Congo es el país del mundo en el que se cometen más agresiones sexuales contra las mujeres, unas 400 mil al año, cuatro cada cinco minutos.

Hasta ahora, todos los intentos por consolidar la paz en la RDC a través de acuerdos políticos negociados han sido fallidos. El más reciente, el Acuerdo de Pretoria que se firmó en Sudáfrica en 2002 entre el presidente Joseph Kabila y los gobiernos de Uganda y Ruanda, que apoyan a milicias armadas que han extendido hasta el territorio congolés la confrontación étnica entre Hutus y Tutsis que protagonizaron el genocidio ruandés hace 20 años, no ha dado fruto.

Pese a la creación de la Misión de las Naciones Unidas en la RDC –la primera gran misión de ese organismo- que en 2010 pasó a ser una “misión de estabilización” conocida como MONUSCO, los combates, el reclutamiento de menores, la violencia sexual y la explotación ilegal de recursos continúan, sobre todo, en las provincias de Kivu Norte y Kivu Sur. Los kivus están ubicados al este del país y son el principal escenario de confrontación. Bukavu, capital de Kivu Sur, es a la República Democrática del Congo lo que Bogotá es a Colombia: una ciudad con un altísimo nivel de conflictividad que, sin embargo, vive de espaldas a la violencia que se ceba, especialmente, con la población civil rural.

En medio de todo el caos se alza valiente y firme la voz de una mujer: la abogada, periodista y activista Caddy Adzuba, a quien le han sido otorgados múltiples reconocimientos, el más reciente, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2014. Adzuba ha dedicado al menos 14 de sus 36 años a denunciar la violencia sexual en contra de las mujeres de su país, a costa de su propia seguridad, y a luchar porque sean reconocidas en un país del que, dice, “tiene costumbres y tradiciones retrógradas que no garantizan el respeto a los derechos de las mujeres, las ha confinado al hogar y al cuidado de los hijos, les ha quitado el derecho a hablar, y ha convertido sus cuerpos en campos de batalla”.

Adzuba estuvo la semana pasada, y por primera vez, en Colombia. Vino como invitada especial a un evento de la Red de Periodistas con Visión de Género y sus aliados, arrancó aplausos de apoyo y emoción a una audiencia mayormente compuesta por estudiantes de periodismo, y concedió esta entrevista.

N.R. ¿Cuál es la situación actual en la RDC, 15 años después de la firma del Acuerdo de Pretoria?

C.A. La Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de la República del Congo (MONUSCO) ha sido insuficiente y no ha logrado su objetivo de restablecer la paz. Adicionalmente, hay mucha inestabilidad política, que ha generado problemas sociales como un alto nivel de desempleo, desigualdad, falta de acceso a la educación y a la salud, y de seguridad para la población. Las milicias armadas atacan a las poblaciones rurales, que no están protegidas. Todos estos problemas constituyen un círculo vicioso que afecta a toda la sociedad.

N.R. ¿Aparte de la misión de la ONU, qué papel ha jugado la comunidad internacional en la búsqueda de una salida al conflicto en la República Democrática del Congo? 

C.A. La RDC se ha convertido en un país que sobrevive gracias a las organizaciones no gubernamentales. Ellas han suplido las necesidades a las que el gobierno ha hecho caso omiso o a las que es incapaz de hacer frente. No quiero criticar el papel que esas organizaciones han jugado, ni mucho menos, pero considero que, aunque su trabajo es loable y necesario, no se ha llegado a la raíz del problema.

N.R. Es decir que habría que apuntar a que el país deje de depender de la ayuda externa… 

C.A. Así es. Para que un país se estabilice lo primero que debe hacer es dejar de depender de la ayuda externa y tomar las riendas de su propio destino. El 70% de los ingresos de la RDC provienen de esa fuente, entonces está sujeto a la voluntad de los donantes. Por otro lado, no hay una voluntad política del gobierno de dejar de depender de la ayuda internacional porque tiene todo tipo de intereses en que siga siendo así y en que no deje de haber conflicto.

N.R. A propósito de eso, la República Democrática del Congo es inmensamente rica en oro, diamantes, coltán y uranio, entre otros minerales y metales preciosos ¿cómo están relacionados la riqueza mineral y el conflicto en su país? 

C.A. La inconmensurable riqueza en recursos naturales es, para mí, la principal causa de la guerra, que continúa a día de hoy gracias a la explotación minera. Si esos recursos no existieran, no habría conflicto, de modo que la relación entre ambos es innegable. Tengo entendido que en Colombia la situación es bastante similar.

N.R. Usted ha hablado abiertamente de la relación entre la riqueza mineral y el conflicto en varios espacios y eventos internacionales ¿Qué ha conseguido con esas denuncias?

C.A. En la Asociación de Mujeres de los Medios de Kivu Sur (AFEM-SK, por su sigla en francés), que fundé y dirijo, hicimos una investigación con la que logramos demostrar que la explotación del coltán por parte de empresas estadounidenses estaba directamente relacionada con el conflicto y, por tanto, con la violencia sexual contra las mujeres como arma de guerra. Me reuní, entonces, con el expresidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y se logró que el Congreso de ese país aprobara una ley para impedir que sus multinacionales emprendan actividades de exploración y explotación de coltán en la RDC.

Así mismo, como consecuencia de nuestro trabajo y persistencia, la Unión Europea inició un proyecto de trazabilidad para controlar por dónde sale el coltán desde el Congo y a dónde se dirige. También he pedido participar en el International Mobile Congress, que se celebra todos los años en Barcelona, para sensibilizar a los asistentes sobre las graves consecuencias sociales que a mi país le acarrea la explotación del coltán, que se utiliza para la fabricación de los teléfonos móviles en todo el mundo.

N.R. A propósito de los logros que menciona, ¿qué tan activa ha sido la sociedad civil congolesa en la construcción de la paz?  

C.A. Ha sido muy activa, su papel ha sido imprescindible y es la clave para alcanzar el cumplimiento de los acuerdos. Como parte de la sociedad civil, y a pesar de las dificultades y de que hemos sido excluidas de todas las negociaciones de paz, así como de todos los debates importantes del país, las mujeres no nos hemos quedado de brazos cruzados: nos hemos reunido y conformado asociaciones, para ver cómo podemos aportar. Así surgió AFEM-SK en 2003, justo después de la firma del Acuerdo de Pretoria. Empezamos únicamente denunciando nacional e internacionalmente las violaciones a los derechos de las mujeres y, de unos años para acá, también estamos promoviendo la participación de ellas en los acuerdos de paz e informando y sensibilizando a nuestras pares para que exijan sus derechos y se movilicen a nivel local.

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De izquierda a derecha: La traductora Teresa Benítez, Caddy Adzuba y Nubia Rojas durante la entrevista en Bogotá. Foto: Grace Torrente y LolaMora Producciones

N.R. Usted ha dicho que la subestimación de las mujeres en su país también tuvo consecuencias en su trabajo y en el de sus colegas periodistas ¿Persiste esa situación? 

C.A. Estaba muy mal visto que una mujer trabajara en los medios, se pensaba que desatendía sus “obligaciones como mujer” y que éramos una especie de prostitutas. Soy abogada y, cuando empecé mi trabajo en un medio de comunicación, a mí y a mis compañeras nos ponían a hacer café para los hombres de la redacción y a limpiar la oficina. Los programas que podíamos hacer en la radio solo eran sobre temas domésticos, porque se pensaba que eso era lo único que les interesaba y de lo que podían hablar las mujeres. Nos cansamos de esa situación y nos rebelamos: nos negamos a seguir haciendo el café y a asear la oficina, así presionamos para que nos pusieran atención. Logramos, entonces, que nos dieran 3 minutos en la radio para hablar de la violencia sexual. Los hombres estaban un poco asustados, pero todo empezó a cambiar. El programa, además, tuvo mucho éxito.

Ese fue el germen de AFEM-SK. Uno de los objetivos de la asociación es formar a las mujeres profesionalmente como periodistas y promover su participación, también, como fuentes de información. También hay clubes de oyentes, conformados por mujeres del campo, no necesariamente periodistas, que se reúnen a discutir sobre los problemas que las afectan. Así mismo, creamos un programa que se llama Mama Radio, dirigido especialmente a abordar los temas relacionados con las mujeres y sus derechos. Esos son solo algunos ejemplos de todas las iniciativas que hemos emprendido.

Con mucho esfuerzo y persistencia, hemos logrado que las trabajadoras de los medios sean mejor valoradas. Hoy ya hay mujeres jefes de redacción, ocupan lugares que nunca antes habían ocupado. Sin embargo, sigue habiendo mucha desigualdad de género, pero no solo en el periodismo: aún ganamos mucho menos que los hombres por hacer el mismo trabajo.

N.R. Como periodista y como activista, ¿qué opina del cubrimiento que han hecho tanto los medios de comunicación congoleses como internacionales del conflicto en la RDC? 

C.A. En el Congo hay que hacer una clara diferenciación: Por un lado, están los medios públicos del Estado, que sirven a los intereses del gobierno; por otro están los privados que son, en su mayoría, financiados por los políticos y, por tanto, son funcionales a sus intereses. También están las radios comunitarias, que son muy cercanas a la sociedad civil, y luego está Radio Okapi, que surgió de la MONUSCO y actualmente es una radio independiente que trabaja por la paz y que fue creada, justamente, para llenar un vacío de información veraz y de calidad.

En cuanto a los medios internacionales, soy bastante crítica de su trabajo y lo he dicho públicamente. Se limitan a registrar sucesos de violencia, pero no hacen un esfuerzo por la construcción de la paz. Les he preguntado varias veces, en foros públicos, de qué lado están en este conflicto, porque a veces parece que estuvieran a favor y no en contra de la guerra.

N.R. Usted trabaja, también, en Radio Okapi, que es una experiencia emblemática de periodismo orientado a la construcción de la paz que ha intentado replicarse en países como Sudán del Sur y Mali ¿En qué consiste su trabajo y cuál es su importancia? 

C.A. Primero que todo, hay que decir que en la República Democrática del Congo la radio es el medio de comunicación por excelencia, es muy importante, todo el mundo la escucha, especialmente, en las áreas rurales. Según entiendo, eso también lo tiene en común con Colombia. La televisión es para las personas acomodadas, que son las que pueden pagarla. Y los periódicos no todo el mundo los compra porque hay muchas personas que no saben leer ni escribir.

Radio Okapi fue fundada en 2002, como parte de las iniciativas de la MONUSCO, y es conocida como “la radio de la paz”. Me siento muy orgullosa de trabajar allí, aunque aún tengamos un poco de dificultad para influir en el gobierno. Hemos logrado propiciar el diálogo entre los congoleses, hay muchos programas dirigidos a las mujeres, a la sensibilización de los combatientes, etcétera. En Radio Okapi trabajamos un 70% de mujeres y un 30% de hombres. Allí donde el gobierno ha fracasado, Radio Okapi ha triunfado.

N.R. ¿En su concepto, cuál es la importancia de los medios de comunicación en la construcción de la paz? 

C.A. Gracias a los medios de comunicación hemos logrado cambiar muchas cosas en nuestro país, son herramientas clave en la construcción de la paz: permiten denunciar, sensibilizar, informar e interpelar. Y hay un aspecto muy importante para que sean efectivos: no hay que quedarse en las redacciones, sino que hay que salir a hablar con la gente.

N.R. Es la primera vez que visita a Colombia ¿Qué impresión le queda y qué opina del proceso de paz que se vive en este país? 

C.A. Con respecto a Colombia, aún tengo todo por descubrir, pero siempre me ha sorprendido la enorme cantidad de similitudes entre nuestras realidades. Ambos países conocemos bien el sufrimiento y estamos luchando por la paz. Creo que Colombia atraviesa por un momento muy importante, pero quiero insistir en que, al igual que en la RDC y en otros países del mundo, en Colombia no habrá paz sin las mujeres. Nosotras somos clave para la implementación de los acuerdos y para la construcción y sostenibilidad de la paz y nuestras voces deben ser escuchadas. La unión hace la fuerza. Si las mujeres colombianas y las congolesas nos unimos, alcanzaremos mucho más rápido nuestros objetivos, porque nuestros problemas y nuestras luchas por superarlos son los mismos.

Deconstruyendo a Goebbels: La alfabetización mediática y el empoderamiento ciudadano como antídoto contra las noticias falsas

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“Miente, miente, miente, que algo quedará. Cuanto más grande sea una mentira, más gente la creerá”. La frase se atribuye a Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nazi. Quizá haya sido él quien refinó el modus operandi de la creación y difusión de información falsa utilizando un estilo agresivo y provocador, apelando a sentimientos primitivos como el miedo, y sacando el máximo provecho de las inmensas posibilidades ofrecidas por los medios de comunicación.

Lo cierto es que, aún suponiendo que Goebbels hubiera sido un “pionero” en la producción de noticias falsas, esta no es, ni mucho menos, una estrategia reciente: las fake news, como se ha puesto de moda llamarlas gracias al fenómeno Trump, son tan antiguas como la propia política y recurrentes en ella, a veces, con mayor o menor disimulo.

Lo que ahora se ha dado en llamar la posverdad (post-truth), un término tan de moda que hasta el prestigioso diccionario Oxford lo ha acuñado recientemente, es otra estrategia igualmente antigua que está íntimamente relacionada con la producción y difusión de noticias falsas y que no es otra cosa que torcerle el cuello a la realidad para influenciar la voluntad y las creencias de la opinión pública. Términos como este recuerdan al doblepensar del que habla el libro “1984”, de George Orwell, la herramienta de dominación de la que se vale la neolengua, uno de los pilares básicos del régimen totalitario ficticio (pero cada vez más cercano a la realidad) del que trata la historia.

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El impacto de las noticias falsas se ha incrementado en la medida en que los medios de comunicación aumentan en diversidad y en número, alcanzan a un mayor número de personas y la tecnología que se necesita para producirlas es más asequible y carece de control. Los efectos son igualmente variados: pueden ser inocuos, como inventar la supuesta muerte de una celebridad solo por diversión, pasando por difundir ideas estereotipadas, racistas y xenófobas sobre los inmigrantes, los refugiados o los musulmanes, hasta causar la muerte de millones de personas, como en el caso de Goebbels y el régimen nazi y la propagación de mensajes de odio contra los judíos.

Los tiempos en los que los periodistas, los maestros, los políticos y los influenciadores tenían monopolio sobre la creación y difusión de información están cada vez más atrás: hoy en día, la línea que separa a un productor de un consumidor de información es tan fina, que ya casi no hay diferencias entre ellos: la tecnología y el acceso al conocimiento han hecho que se trate de la misma persona. Para referirse a ellos, hay quienes crearon el término prosumer (prosumidor): Ahora mismo, todos somos potenciales prosumidores y, a la vez, igualmente proclives a caer en la trampa de la manipulación titiritesca en la que las astas son la “posverdad”, los hilos son la información falsa y, nosotros, la marioneta que se mueve al antojo de la mano que los manipula.

Crisis de valores humanos y de credibilidad de los medios de comunicación

No son buenos tiempos para la integridad, la ética, la responsabilidad, y otros valores humanos que impliquen respeto por los otros, así lo evidencia el auge cada vez más descarado de la mentira y el cinismo al servicio de los intereses personales. Tampoco corren buenos vientos para la democracia, un sistema que está tocando fondo y atravesando una de sus peores crisis ante nuestras narices, pero que no reemplazamos por algo mejor porque no se nos ocurre qué puede ser, aunque a veces implique la tiranía de una mayoría adoctrinada, manipulada e ignorante, que se aboca a sí misma y a los demás, con su voto, a la debacle.

A su vez, no son los mejores tiempos para los medios de comunicación, que están perdiendo progresivamente el monopolio de la producción y difusión de información, a la vez que enfrentan una grave crisis de credibilidad, en parte, por prestarse algunos de ellos al mezquino juego de las noticias falsas y contarse, por su afán de ser los primeros, entre sus víctimas. Proliferan, por desgracia, los periodistas y generadores de contenido sin formación adecuada, sin criterio, sin conciencia de su enorme responsabilidad y sin medir las consecuencias; que se justifican en el poco tiempo del que disponen para no verificar la información que reciben ni contrastarla con diversas fuentes, que anteponen los intereses económicos, políticos o personales a su compromiso con la verdad. La crisis de las instituciones democráticas ha salpicado, también, a los medios de comunicación, pero, paradójicamente, nunca antes el acceso a nuevos medios había sido más democrático que ahora.

Una investigación publicada en 2013 por los profesores Yariv Tsfati y Gal Ariely, de las universidades israelíes de Haifa y Ben-Gurión del Néguev, respectivamente, exploró los niveles de confianza de los ciudadanos en los medios en 44 países y arrojó resultados interesantes, entre los cuales uno llama especialmente la atención: según Tsfati y Ariely, “el hecho de que, relativamente, las personas con menos nivel de educación sean quienes tienden a confiar más en los medios, implica que, quizá, estas personas son las menos equipadas con habilidades críticas y otras herramientas con las cuales cuestionar ese discurso”.

Mobile media devicesAprender a “no tragar entero” 

Que hace falta saber “leer los medios” para entender sus contenidos y motivaciones, así como desarrollar el pensamiento crítico para detectar la información falsa y no ceder a la manipulación, es innegable. Y la mejor manera de lograrlo es la educación y, más concretamente, la alfabetización mediática e informacional.

El término es relativamente reciente y, a diferencia de Estados Unidos y Europa, Latinoamérica no está aún muy familiarizada con lo que significa, aunque puede decirse que su población es de las que más necesita alfabetización mediática, pues es una gran consumidora de medios de comunicación y, paralelamente, el acceso a la educación de calidad no está plenamente garantizado para todos los sectores de la población, como consecuencia de la desigualdad.

Según Renee Hobbs, fundadora y directora del Media Education Lab y profesora de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Rhode Island, “la alfabetización mediática incluye la capacidad de acceder, analizar, crear, reflexionar sobre el impacto de nuestra comunicación, y usar el poder de la comunicación y la información para hacer la diferencia”.

La alfabetización mediática incluye la formación de audiencias en temas tan importantes como la comprensión de los mensajes publicitarios, ciudadanías digitales, seguridad en internet, aprendizaje combinado, aprendizaje conectado, entre otros. Y es tal su importancia que la Unesco tiene un área de trabajo especializada en ella, con diversas publicaciones, y todo tipo de recursos para enseñar y aprender.

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Los periodistas y, en general, los trabajadores de los medios de comunicación, son actores clave en el proceso de formación de audiencias alfabetizadas, activas, críticas y empoderadas y, así mismo, estas pueden convertirse en sus mejores aliadas. Esta alianza entre los medios y los ciudadanos pueden contribuir al rescate de la democracia al ensanchar el espacio y fortalecer la defensa de la libertad de expresión, de prensa y de información, así como la exigencia a los poderes y personajes públicos de que rindan cuentas y sean transparentes.

Pero las noticias falsas no son solo responsabilidad de los medios y periodistas: los prosumidores, todos los ciudadanos que producen y consumen información a través de las redes sociales, blogs, webs, etcétera, también deben asumir responsabilidades por la información que generan, difunden y comparten. La alfabetización mediática da herramientas para fortalecer el criterio, el pensamiento crítico, la capacidad de análisis y, también, es un elemento importante en el empoderamiento de los ciudadanos.

La lucha contra la información falsa es una defensa compartida de los principios democráticos, que se ven profundamente afectados porque las mentiras minan la confianza de los ciudadanos entre sí y en las instituciones, generan y alimentan el miedo y empobrecen o eliminan el debate público,  favoreciendo, así, discursos monopólicos y manipuladores.

Una opinión pública alfabetizada es mucho más fuerte, menos susceptible a la manipulación, más participativa y deliberante, más escéptica, y menos apática. No traga entero. Exige a los medios, a los personajes públicos y a las instituciones más esfuerzo por construir y mantener la credibilidad y la integridad y aplica una sanción moral a quienes le mienten. Exige veracidad, a la vez que es una prosumidora responsable, porque sabe que la información es poder.

La alfabetización mediática e informacional es un elemento clave en la recuperación de la noción de lo público y, por tanto, de la información y el conocimiento como bienes públicos. En ella está la clave para deconstruir (y destruir) los postulados de Goebbels y de sus seguidores sobre la propaganda y es el mejor antídoto contra las noticias falsas y la “posverdad”.  Debería hacer parte de todos los currículums académicos, en todos los niveles de formación, y constituirse en un derecho y un deber de todos los ciudadanos para hacer efectiva la democracia.

Recordando a Carlos Gaviria, dos años después de su fallecimiento

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Hoy 31 de marzo de 2017 se cumplen dos años del fallecimiento del gran jurista colombiano Carlos Gaviria. Un intelectual y ser humano excepcional, con una visión del derecho como servicio a las causas más nobles y justas, al respeto por los derechos humanos, al goce de las libertades.

Hoy lo recuerdo compartiendo con ustedes una entrevista apenas editada que le hice en el año 2013, cuando yo colaboraba con la edición digital de la Revista Semana, en la que escribía una columna sobre temas de paz. Conversamos sobre el derecho a la paz consagrado en la Constitución de 1991 y en cómo podía exigirse, siendo un derecho fundamental, por parte de un ciudadano que lo sintiera amenazado. Hablamos también del proceso de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc, de la presidencia de Uribe y de muchas cosas más.

Les invito a escucharla y a disfrutar, como yo tuve la fortuna de hacerlo, de la sabiduría y de la voz pausada de este hombre, que siempre estará en la memoria de quienes creemos que otra Colombia es posible.

Written by yovivodepreguntar

31 marzo 2017 at 11:50

“Me hice periodista con la ambición de cambiar el mundo”: Cees Hamelink

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Puntual, como buen holandés, Cees Hamelink espera en el segundo piso de la cafetería del Club Académico de Ámsterdam antes de la hora de nuestra cita a la que también llego, como es mi costumbre, con un cuarto de hora de antelación. Es diciembre de 2015 y en Holanda hace menos frío del que debería. Está solo, las demás mesas están vacías. Dudo un poco, pero lo reconozco por detrás y lo primero que me llama la atención es su pose concentrada de estudioso, con la espalda reclinada hacia adelante, que me recuerda la de un niño mientras colorea. Es fuerte el contraste entre esa escena y el ambiente bullicioso y distendido del primer piso, que se ve y se oye desde la barandilla, lleno de profesores que hablan entre sí o con algunos estudiantes.

Hamelink tiene una expresión vivaz y a la vez tranquila; habla con el entusiasmo de un joven que habita el cuerpo de un hombre sosegado de 75 años. Le he escuchado hablar antes, he visto en video algunas de sus conferencias y clases y recuerdo inmediatamente que es un buen orador, dinámico y divertido, capaz de mantener la atención, sin dejar de transmitir una cierta autoridad. En persona también es así. Dice que le hubiera gustado hacer la entrevista en español, pero se disculpa porque, aunque lo entiende, no lo habla con fluidez, pese a que su esposa es mexicana. Empiezo por pedirle que me cuente un poco sobre él para romper el hielo inicial: “Cuidado, puedo hablar sin parar durante horas”, me advierte con una sonrisa.

Hamelink

Cees Hamelink durante la entrevista con Nubia Rojas en Ámsterdam. Foto: Fetze Weerstra.

N.R. “Por favor cuéntele a las personas que leerán esta entrevista y que aún no lo conocen quién es Cees Hamelink”

C.H. “Soy psicólogo de formación con enfoque evolucionista. Soy investigador y profesor emérito de la Universidad de Ámsterdam y he sido profesor y conferencista invitado en varias universidades de todo el mundo. He trabajado como consultor y tengo un pasado como periodista, fui corresponsal en varios países. Me interesan los derechos humanos, el análisis de conflictos, los temas de paz y la comunicación internacional, entre muchos otros temas. He escrito varios libros, entre ellos, ‘Medios y Conflicto: Escalando el Mal’, uno de los más conocidos. Y, no menos importante, soy músico de jazz”.

N.R. “¿Músico de jazz? No tenía idea de eso” 

C.H. “Sí, y lo disfruto muchísimo. Los músicos de jazz aplicamos los principios darwinianos: creemos que solo podemos sobrevivir como especie si cooperamos y si confiamos los unos en los otros. Es lo que hacemos cuando tocamos. Entendemos que tenemos que ser flexibles, improvisar y escucharnos los unos a los otros, que es la base de la cooperación. Vemos la música como un diálogo. Estoy plenamente convencido de que la única cosa que nos ayudará a sobrevivir en este planeta es el diálogo. Y, sin embargo, los seres humanos somos la única especie, no ha habido otra que lo haga, que invierte tanta energía en eliminar a sus semejantes. Pero también tenemos cosas maravillosas: podemos amarnos los unos a los otros. Como humanidad, tenemos un gran potencial que explorar en ese sentido, es lo que intento enseñar a mis alumnos”.

N.R. “¿Qué impacto tiene su jazz ‘darwiniano’?” 

C.H.  “A veces toco jazz para niños de 5 o 6 años y veo que ellos entienden perfectamente y les gusta ver lo importante que es escuchar al otro, confiar en el otro, encontrar nuevas respuestas a diferentes situaciones y disfrutar. Intento reflexionar sobre esa necesidad de cooperación y de diálogo desde la academia, por eso escribí hace unos años el libro sobre medios de comunicación y conflicto”.

N.R. “Antes de comenzar a hablar del libro, le propongo que hablemos de su pasado como periodista, como corresponsal en varios países…” 

C.H. “A mediados de los años sesenta empecé a trabajar como periodista para un canal de televisión holandés llamado IKON, de tendencia progresista, que ya no existe. Primero me enviaron como corresponsal al Medio Oriente, en esa época yo no sabía nada sobre el conflicto árabe-israelí y, como casi todo el mundo, era bastante pro-Israel. Luego fui enviado a Beirut y fue un shock para mí porque vi la otra cara de la moneda, me di cuenta de que había otra historia que no había sido contada: la de los palestinos”.

N.R. “¿Qué supuso para usted ese ‘descubrimiento’?” 

C.H. “En 1967, luego de la Guerra de los Seis Días, hice un documental sobre los palestinos en el que no quise tomar partido, sino simplemente llamar la atención sobre su existencia y sobre la necesidad de que se escuchara su versión del conflicto, que se supiera que llevaban en su tierra muchísimos años. Sin embargo, el documental nunca fue emitido y ese hecho fue decisivo para mí, para que tomara la decisión de interesarme por los derechos humanos, por la realidad, por las personas que viven en el olvido, por quienes sufren, por aquellos cuya voz nunca es escuchada. Empecé también a preguntarme cómo debía ser un periodista y cuál era el tipo de periodista que yo quería ser y me di cuenta de que, en los medios de comunicación existentes, no había espacio para mí”.

N.R. “Fue entonces cuando renunció a su carrera como periodista y comenzó a abordar esos temas desde la academia…”

C.H. “En los años setenta, luego de mi experiencia en el Medio Oriente, fui enviado a África, tras la llegada al poder de Idi Amín en Uganda, y cubrí diversos temas en varios países de ese continente. Mi problema era que, como periodista, tenía que contar una historia en dos minutos y eso me parece muy superficial, así no se puede cambiar el mundo. Y oye: yo me hice periodista con la ambición de cambiar el mundo, sentía ese necesidad desde que era niño”.

N.R. Pero usted había estudiado psicología… ¿Qué relación veía entre la psicología, el periodismo y su ambición de cambiar el mundo?

C.H. “Estudié psicología con la intención de convertirme en psicoterapeuta, porque pensaba: ‘si soy muy bueno, puedo atender a cinco personas por día y, por lo menos, ayudar a cuatro, de manera que, cuantos más pacientes tenga, más podré ir logrando mi objetivo’. Por eso lo hice durante muchos años, con la esperanza de que cientos de personas pudieran cambiar su vida y cambiar el mundo gracias a mi ayuda. Luego pensé:  ‘¿por qué ayudar a cientos y no a miles?’ y fue cuando decidí convertirme en periodista, porque sabía que a través de los medios podía llegar a miles. Ahora veo que fui un poco ingenuo y me conformo con dar algo a mis estudiantes que les permita cambiar el mundo” (risas).

N.R. “Y ahí fue su salto definitivo hacia la academia…”

C.H. “Empecé seriamente mi carrera académica en los años 80. Entre mis clases y las conferencias, tengo muchísimos alumnos. Ellos son mi audiencia, por decirlo de algún modo. Y, tras todos estos años de vida académica, creo que esa audiencia es mucho mayor de la que hubiera alcanzado a través de los medios de comunicación. Es interesante porque es una audiencia joven y me encanta. Creo muchísimo en el poder de los jóvenes, en su potencial y en su capacidad de cambiar el mundo. Me gusta inspirarlos e intento no ser un profesor convencional, sino contarles historias que los hagan pensar”.

Hamelink repite insistentemente esa frase durante toda la conversación: “Cambiar el mundo”. Parece que le obsesiona. Y recuerdo así que, entre las muchas veces en que su trabajo ha sido reconocido y premiado, en 2012 recibió el Premio a la Comunicación para el Cambio Social que anualmente otorga la Universidad de Queensland (Australia) como reconocimiento a toda una vida dedicada a la comunicación para el entendimiento humano.

Empecé a preguntarme cómo debía ser un periodista y cuál era el tipo de periodista que yo quería ser y me di cuenta de que, en los medios de comunicación existentes, no había espacio para mí”

N.R. “¿Qué le quedó de su vida como reportero?”

C.H. “Como corresponsal en zonas de conflicto fui testigo del trato miserable que los seres humanos podemos darnos los unos a los otros. Aprendí que todas las personas: periodistas, abogados, investigadores, todos, podemos hacer un alto y decir: ‘hey, podemos tratarnos muchísimo mejor’. Pero también tenemos que ser realistas: el conflicto humano es inevitable. Y no debemos ser ingenuos: hay conflictos que no pueden ser resueltos”.

N.R. “¿A qué se refiere?”

C.H. “Sé por mis alumnos que es una afirmación muy difícil de aceptar, ellos insisten en decir que todos los conflictos pueden resolverse a través del diálogo. Yo digo que no. Cuando se puede hablar, por supuesto que hay que hablar; pero hay situaciones en las que el diálogo no es posible y simplemente tenemos que aceptarlo.

N.R. “Pero usted acaba de decir que lo único que nos ayudará a sobrevivir como especie es el diálogo… ”

C.H. “Como ya dije, hay conflictos que no se resuelven simplemente hablando. Por duro que parezca, el desescalamiento significa matar a menos personas y eso también hay que intentarlo. Es una opción minimalista para algunos, pero en países donde se mata mucha gente, es una opción bienvenida, depende desde dónde se mire. Si los Hutus y los Tutsis hubieran considerado esa posibilidad en Ruanda, hubiera muerto mucha menos gente. Los periodistas pueden jugar un rol en el desescalamiento del conflicto empezando por desescalar el lenguaje y dejar de reproducir las ideas y las incitaciones de los violentos. Lo contrario no es responsable”.

N.R. “Usted también es crítico con el Periodismo de Paz que propone Galtung…” 

C.H. “En parte lo hice para provocarlo, Galtung se exalta fácilmente”. Hamelink ríe. “El Periodismo de Paz me parece una buena propuesta, pero le critico que su noción de ‘paz’ es demasiado romántica como para ser útil y que no explora suficientemente la necesidad de que la sociedad sea receptiva a un tipo de periodismo favorable a la paz. Si a la gente común y corriente no le interesa la paz, el esfuerzo del periodismo es inútil. Pienso que la producción de noticias no es una responsabilidad única de los periodistas, sino que también involucra a la gente, también es su responsabilidad”. 

N.R. “Como sabe, Colombia está ahora en medio de un proceso de paz entre el Gobierno y las Farc para dar fin a un conflicto de casi cincuenta años ¿Qué opina al respecto?” 

C.H. “Como comunicador, considero que es muy importante el diálogo y veo ese proceso de paz como un gran triunfo de la diplomacia. Un diálogo comienza con la confianza. En ese tipo de procesos donde se juegan tantas cosas es necesario contar con negociadores de mente abierta, que inspiren confianza en las dos partes, que les caigan bien, que sepan escuchar, que puedan asumir posiciones no prejuiciadas. He conocido mediadores que eran personas muy desagradables. Si se me permite sugerir algo, si fuera mediador, traería músicos a la negociación.  Seleccionaría algunas piezas preciosas de música colombiana, traería músicos y pondría a cantar y a bailar a los negociadores. Creo que podrían experimentar y ver la confianza y la cercanía que eso puede llegar a construir. Ustedes los colombianos, los latinos, son gente muy musical, deberían aprovecharlo”. 

N.R. “El ambiente político y social del país presenta algunos cambios y los periodistas no han sido ajenos a eso: Ahora los medios están hablando de paz, luego de 50 años de hablar solo de la guerra ¿qué pueden hacer los periodistas para construir paz?”

C.H. “Tienen que partir del principio de que son periodistas, no terapeutas. La confusión en los roles debe evitarse. El periodismo de paz, antes que nada, es buen periodismo y estoy de acuerdo con Galtung en eso. Hay que apuntar a ser buenos periodistas, sin ser demasiado ambiciosos, sino siendo realistas y creyendo siempre en el diálogo. Los medios pueden ser muy útiles para demostrar la eficacia y la necesidad del diálogo, pero lamentablemente no es eso lo que estamos viendo ahora. No sé en Colombia, pero la tendencia mundial es que no abunda el diálogo en los medios”.

N.R. “En su libro ‘Medios y Conflicto: Escalando el Mal’ usted habla del sentimiento de humillación como un peligroso denonante de violencia. En Colombia las FARC se declararon al principio de los diálogos como víctimas y no se reconocieron como victimarios. Estado Islámico también ha argumentado que sus ataques terroristas tienen origen en la supuesta “humillación de la que los musulmanes han sido objeto por parte de Occidente” ¿Cómo debe un periodista manejar ese tipo de información?”

C.H. “Los líderes de esos grupos no necesariamente son víctimas, pero hay que mirar a quienes les siguen. Como seguramente también pasa en las FARC, Estado Islámico se dirige a los jóvenes que se sienten excluidos y aprovecha ese sentimiento para sembrar su ideología.  Los medios tienen que explicar los procesos de subordinación para que las personas entiendan de qué se trata todo este tema y saquen sus propias conclusiones. Y para eso deben ser responsables y remitirse a los hechos, esos son algunos de sus retos principales”.

N.R. “Usted afirma en el libro que los medios tienen un rol crucial en sensibilizar acerca de las víctimas que generan los conflictos. En Colombia puede decirse que están siendo reconocidas por primera vez ¿Cómo darle más relevancia a su voz y favorecer que la gente sienta empatía hacia ellas?”

C.H. Muchas veces se actúa como si no existieran. Hay que tener en cuenta que hay víctimas en todos los bandos, no se debería hablar solo de las víctimas de una de las partes. Desde el punto de vista periodístico, mostrar el sufrimiento es difícil porque supone un gran reto, como es el de hacerlo evidente sin caer en el morbo o en el sensacionalismo. Mostrar el sufrimiento es también evidenciar el daño que nos hacemos los unos a los otros y eso debería servir para reflexionar. Hay que encontrar maneras de mostrarlo sin que eso conduzca a la insensibilidad, la gente no soporta ese tipo de información por demasiado tiempo y una forma de lidiar con ella es ser indiferente, mirar hacia otro lado, volverla parte del paisaje.

N.R. “De su libro me llamó la atención otra afirmación: ‘El perdón y la reconciliación implican que los perpetradores escapen de su responsabilidad de rendir cuentas por cometer el mal’.  Creo que es una frase que puede ser muy controvertida, actualmente el perdón y la reconciliación están en el debate público en Colombia…”

C.H. “El perdón y la reconciliación también generaron opiniones encontradas en Sudáfrica. Un país necesita tiempo para recuperarse de todas las heridas infligidas, las cicatrices siguen siendo demasiado visibles, tanto, que para perdonar y dejar que sanen las personas exigen que se les diga la verdad. Es muy fácil para un victimario pedir perdón a una madre por lo que hizo contra su hijo, pero ella necesita mucho tiempo para reponerse del dolor. El duelo necesita mucho tiempo como para pretender que el perdón y la reconciliación vengan rápido. Los perpetradores deben hacerse responsables por sus actos y deben probar que no había otra posibilidad para ellos, como escapar o negarse a cumplir órdenes. No debe haber impunidad”.

N.R. “Usted propone en el libro la creación de un Sistema Internacional de Alerta Temprana para los Medios de Comunicación que monitoree los contenidos mediáticos en zonas de conflicto ¿Hay algo adelantado en ese sentido?”

C.H. “La propuesta ha sido muy discutida y la creación de ese Sistema sigue en proceso. Hay un debate entre los periodistas: unos piensan que se trata de imponer límites a la libertad de expresión, pero otros lo ven necesario. Es un largo camino, pero sigo pensando que algo así es indispensable. Lo imagino como un detector de humo, un mecanismo para detectar incitaciones al genocidio, la xenofobia, la violencia, etcétera, a través de los medios”.

N.R. “Tengo entendido que parte de su metodología es enseñar a sus estudiantes a no confiar en todo lo que dicen los medios…”

C.H. “Creo que los seres humanos debemos hacernos siempre, ante cualquier circunstancia, una pregunta básica: ‘¿esto es verdad?’ muchas historias que cuentan los medios, los políticos, etcétera, no son ciertas. El proceso educativo consiste en desarrollar el pensamiento crítico. No podemos conformarnos con decir: ‘¡oh, qué buena historia!’, sino que tenemos que ir más allá”.

Hamelink tiene prisa, ha pasado un poco más de una hora -el tiempo que dijo que me concedería- y un estudiante lo espera. Mientras se despide, dice rápidamente que es probable que dentro de poco visite a Colombia. “Allá nos vemos”, dice con un leve movimiento de mano y una sonrisa. Ojalá así sea.

Written by yovivodepreguntar

3 mayo 2016 at 17:51

Los niños piensan la paz

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“Si pudieras hablar con la guerra ¿qué le dirías?

– Le preguntaría qué le pasó en la infancia”

Santiago, 11 años, Armenia

“Hacer paz en el mundo es jugar y trabajar menos y tener más tiempo y comer hamburguesa y perro caliente”. Así definió la paz uno de los 300 niños y niñas que participaron en los talleres coordinados desde agosto de 2013 por el poeta antioqueño Javier Naranjo en 22 ciudades del país, por petición de la Subdirección Cultural del Banco de la República.

El objetivo de los talleres – que hacen parte de un proyecto de lectura y escritura, así como de una serie de exposiciones y conferencias denominada “La paz se toma la palabra”-, no solo fue escuchar lo que los niños piensan sobre la paz, sino conocer sus sueños, sus propósitos, sus miedos y sus heridas sin sanar. Algunas de las reflexiones surgidas de esos espacios se encuentran reunidas en el libro “Los niños piensan la paz”, que fue lanzado simultáneamente a nivel nacional el pasado 12 de noviembre desde la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá.

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Portada del libro “Los niños piensan la paz”, editado por el poeta antioqueño Javier Naranjo e ilustrado por PowerPaola. Imagen: Banco de la República

“Nada es más importante que vincular a las nuevas generaciones al tema de la paz”, dijo durante el acto el economista José Darío Uribe, gerente del Banco de la República. “Necesitamos palabras para nombrar e imágenes para recrear la paz (…) Las mentes de los niños colombianos son aptas para construir herramientas de paz sólidas”.

El libro se divide en tres partes: “Esto vivo” (testimonios), “Esto siento” (respuestas)  y “Esto digo” (opinión sobre los diálogos de paz). La idea es que se convierta en una herramienta para docentes y pueda ser útil en la Cátedra de la Paz.

Ángela Pérez, subdirectora del área cultural del Banco de la República, y Javier Naranjo, editor del libro, leyeron algunas de las respuestas de los niños a las preguntas planteadas durante los talleres ante un público estupefacto, que oscilaba entre el asombro y la alegría.

La paz empieza por casa

Si algo es especialmente llamativo y evidente es que para la mayoría de los niños su primera noción de “guerra’ y “paz” tiene que ver con lo que viven al interior de su familia, en su barrio, en su colegio.  Según Naranjo, “decir que la paz está en el corazón y en el hogar es un lugar común, pero es diferente escucharlo de los propios niños y ver cómo esa frase toma forma en su vida”. Esto resulta aún más claro al leer la respuesta de una niña que, a la pregunta sobre qué es la guerra para ella, responde: “¿la guerra de la casa o la de afuera?”

Naranjo dice haber llorado muchas veces y con demasiada frecuencia durante todo el proceso. Y no es de extrañar. “No había alternativa”, dice. Las respuestas de los niños generan en quien las lee sentimientos encontrados: tristeza, rabia, dolor, alegría ante la ingenuidad…  silencio.

“Los niños cuentan las cosas de manera implacable y sin adornos. Los talleres no fueron solo ir y pensar en cómo todo nos va a impactar, sino que había momentos de pequeñas catársis y sensaciones de alivio”, dice el poeta, muy experimentado en el trabajo con niños desde sus tiempos de profe de colegio, cuando editó por primera vez el libro “Casa de las Estrellas: El universo contado por los niños”.

Los sentimientos de tristeza, abandono y soledad, pero también su capacidad de disfrutar y ser felices con cosas simples, conmueven profundamente, a la vez que generan inevitables reflexiones sobre qué clase de vida y de futuro da este país a sus niños. Resulta evidente que los adultos no imaginan siquiera las marcas que la violencia deja en ellos y que, muy al contrario, los subestiman.

Hay que tratar a los niños con absoluto respeto. Subir, no bajar a su nivel. No hay que tratarlos con condescendencia”, dice Naranjo. “Los niños carecen de hipocresía”, añade. “ Les tengo un enorme respeto y una enorme admiración”.

La subdirectora del área cultural del Banco tiene claro que “los niños ven la realidad de modo más complejo que cualquier adulto”. Por eso sus respuestas nos inquietan, aún cuando a veces nos arrancan una sonrisa ¿Qué responderían los niños de otras partes del mundo si se les hicieran las mismas preguntas? ¿Qué sentirían unos y otros si leyeran sus respuestas? ¿Es normal que un niño o una niña piensen y respondan de la manera en que lo hicieron los participantes en los talleres? ¿A nadie le escandaliza que nuestros niños sientan con tan poca edad que las cosas deberían ser diferentes?

El poeta Javier Naranjo durante uno de los talleres en Armenia (Quindío). Foto: Banco de la República

El poeta Javier Naranjo durante uno de los talleres en Armenia (Quindío). Foto: Banco de la República

 

“Todos los días que mi papá llega más rápido de trabajar yo me siento con paz porque toda la familia está unida, y yo me siento tan feliz porque yo me preocupo por si le haya pasado algo muy malo, por eso me asusto”. Valentina, 9 años

¿Cuál es el primer recuerdo de guerra que tienes? “Mi familia”. Gina, 8 años. San Andrés

¿Qué te da miedo y por qué? “Me da miedo que mis padres me odien por tener novia… porque son homofóbicos” Laura, 15 años, Bogotá

¿Para qué se hace el proceso de paz? “Para tener buena convivencia, para que haya trabajo” Jorge, 11 años, Honda

¿Qué les dirías a los que están hablando en Cuba? “Yo les diría que piensen en los pobres o en la gente de pocos recursos económicos, pero que además se preocupen por muchas de las personitas que vienen atrás. Es mirar que los pobres también tenemos voz, y les preguntaría que qué esperan que nosotros hagamos ante las cosas corruptas que hacen sin que los demás se den cuenta” Yudy, 17 años, Neiva.

“La paz consiste en hacer preguntas y los especialistas en hacer preguntas son los periodistas”: Johan Galtung

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El matemático y sociólogo noruego Johan Galtung durante su conferencia inaugural en el IV Congreso Internacional de Comunicación para la Paz en Bogotá. Foto: Fabiola León Posada

El matemático y sociólogo noruego Johan Galtung durante su conferencia inaugural en el IV Congreso Internacional de Comunicación para la Paz en Bogotá. Foto: Fabiola León Posada

Cuando el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung visitó Bogotá a finales de septiembre, invitado por la Universidad Santo Tomás de Bogotá para su IV Congreso Internacional de Comunicación para la Paz, los pocos medios de comunicación que lo entrevistaron ahondaron en preguntas en las que le pedían su opinión sobre la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz, que hacía pocos días habían anunciado el Gobierno y las FARC en La Habana. Era evidente que para algunos periodistas Galtung era un desconocido y le pidieron definiciones simples sobre “paz”, “conflicto”, y “violencia” que por poco lo sacan de quicio: “Llevo casi 65 años trabajando en este tema”, insistió él mismo durante su conferencia inaugural.

A Galtung se le considera “padre” y pionero de la Investigación y los Estudios de Paz a nivel internacional. Sus definiciones de “conflicto” como incompatibilidad de intereses -natural a todos los seres- y de “paz” como mucho más que silencio de las armas, así como sus caracterizaciones de la violencia como directa, estructural y cultural, son ampliamente conocidas y han sido revisadas y estudiadas en todo el mundo. Por eso -quizá nunca antes tanto como ahora- sus estudios resultan de gran importancia para Colombia, país que dice haber visitado unas 20 veces desde 1962 y cuyo conflicto ha analizado, evidentemente, en profundidad.

Lo que pocas personas saben -incluyendo periodistas que debaten desde hace décadas sobre el rol de los medios en el conflicto- es que Galtung es el creador de un modelo de Periodismo de Paz orientado a construir un ambiente propicio para la superación de la violencia, a través del enaltecimiento de las iniciativas de paz de la ciudadanía y buscando superar la deshumanización, el escalamiento del conflicto y la polarización, dando voz a todas las partes.

Para los periodistas que trabajamos en el tema porque tenemos el convencimiento de que los medios de comunicación pueden jugar un rol determinante en la creación de un espacio de debate y diálogo público sobre la paz y de un nuevo modelo de país; en la construcción de una opinión pública informada, activa, pacífica y democrática, el Periodismo de Paz ofrece claves y pautas que merecen ser conocidas y analizadas.

Johan Galtung, durante su entrevista con Nubia Rojas en Bogotá

Johan Galtung durante su entrevista con Nubia Rojas en Bogotá

N.R. Usted desarrolló un modelo de Periodismo de Paz orientado a las soluciones, al diálogo  y a la ruptura de la polarización entre “buenos y malos”, y lo definió en contraposición al que usted llama “periodismo de guerra”, al que critica por estar excesivamente centrado en la violencia ¿Cuál es el origen de ese modelo y qué le hizo pensar en el periodismo? 

J.G. Para mí, la violencia es el humo y el fuego es el conflicto subyacente. Parto del principio de que debe haber un “periodismo de guerra” que nos permita conocer los hechos violentos que suceden en el mundo, pero los periodistas no saben cómo cubrir el conflicto, no tienen ni idea de cómo hacerlo, y por eso no lo hacen. Parte de mi propuesta es que los periodistas formulen dos preguntas clave cuando hay un acto violento: “señor presidente, a su juicio ¿cuál es el conflicto que subyace a este hecho de violencia? y ¿cuál es su idea para resolver este conflicto subyacente?” Estas preguntas resultan sorpresivas para los políticos porque no las esperan, pero deben ser respondidas para que quede claro que, además del humo, también está el fuego. Creo que los periodistas pueden aprender estas dos preguntas y, mientras tanto, leer algunas cositas.

N.R. Los medios y periodistas colombianos llevan al menos 50 años cubriendo la guerra y cometiendo muchos de los errores que usted ha criticado en sus libros: uso de un lenguaje violento y parcializado, deshumanización del que se considera enemigo, entre otros. Apenas ahora algunos medios están empezando a hablar de paz ¿Qué recomendaciones hace a los periodistas que cubren el actual proceso?

J.G. Es mucho más fácil cubrir la guerra que la paz. La razón es que la guerra tiene efectos visibles, mientras que la paz, por definición, es más tranquila y sus efectos parecen menos evidentes. El Periodismo de Paz ha sido exitoso en el Sudeste Asiático, en países como Indonesia y Filipinas existen medios de comunicación que trabajan con este modelo y ya se está enseñando en las escuelas de periodismo. No se trata de pretender que lo que se aplique allá funcione aquí, pero se puede aprender de esas experiencias. La evidencia demuestra que es totalmente falso que la prensa se vende mejor cuando cubre guerras: eso sucede, pero solo dentro de un sector de la población. La prensa vende más cuando hay noticias y esperanza de paz, hay estudios que demuestran que, cuando empieza un proceso de paz, más gente compra los periódicos.

N.R. Al inicio de las conversaciones de paz, el Gobierno colombiano decidió que las negociaciones debían ser estrictamente confidenciales para evitar “circos mediáticos” y filtraciones que afectaron a procesos de paz pasados. Como consecuencia, el hermetismo fue tal que los periodistas sentían que sus opciones de informar eran muy limitadas y la ciudadanía, aún ahora, no se siente muy informada. Un sector político alineado a la derecha aprovechó ese vacío para poner sus mensajes en agenda, sembrar dudas y miedo frente al proceso. Luego el Gobierno cambió de estrategia porque se dio cuenta del error y se ha esforzado por enmendarlo, pero no siempre con muy buenos resultados, algo que resulta preocupante porque será la ciudadanía la encargada de refrendar los acuerdos ¿Qué opina de todo esto y qué puede hacer el periodismo para revertir esa situación y lograr que haya información y actitud favorable a la paz?

J.G. Hay algunas fases de cualquier diálogo de paz que no son públicas. Sin embargo, considero que los comunicados emitidos por la Mesa de Conversaciones han sido muy pocos, hubiera sido bueno tener, al menos, un comunicado cada semana. Eso es importante. Por otro lado, creo que ha sido una mala política permitir que se hagan públicos debates álgidos y revelaciones graves sobre las negociaciones porque las delegaciones en La Habana los escuchan y pueden verse influenciadas.

N.R. Usted ha ahondado en múltiples trabajos en lo que llama “deshumanización del enemigo” y considera que, para construir paz, hay que reconocer que incluso el contradictor es un ser humano. Recientemente, una petición del presidente Santos resultó polémica: pidió a los medios no referirse a las FARC como terroristas. Muchos colegas y gente del común se preguntan -al igual que algunos críticos del Periodismo de Paz- ¿cómo dejar de llamar “asesinos” o “secuestradores” a quienes han infligido dolor a tantas personas?

J.G. Hay una idea fuertemente arraigada en la tradición católica que es la de “rechazar el pecado y proteger al pecador”. Lo recomendable es permitir que el propio victimario admita lo que ha hecho, explique sus razones y manifieste que se ha dado cuenta de que estaba equivocado, sin dejar de creer en su derecho de defender sus ideas sin utilizar la violencia. La “conversión” -otra idea religiosa- es un cambio en el sentido de que los seres humanos no somos estáticos, estamos cambiando constantemente. Y eso debe ser aceptado, incluso en la confrontación, con la condición de que no se debe volver al estado anterior.

N.R. ¿Por qué los periodistas deberíamos saber sobre conflictos? ¿qué deberíamos saber los periodistas sobre la paz?

J.G. Porque hay que saber más. Hay que saber y mostrar, por ejemplo, que hay formas diferentes de resolver las diferencias; aceptar el Estado de Derecho y, al mismo tiempo, cuestionar la falta de justicia social. Pero aún no han llegado a eso en La Habana: siento algo de tristeza porque la desigualdad, que es una de las causas estructurales del conflicto colombiano, no parece estar presente en ninguno de los acuerdos. Eso debería alertar a los periodistas sobre la posibilidad de que la violencia brote de nuevo en el futuro, aunque las FARC ya no sean un actor en el conflicto.

N.R. ¿Considera usted que los periodistas tienen alguna responsabilidad en la construcción de paz? Algunos colegas opinan que su único deber es informar…

J.G. Los periodistas deben tener una imagen de la paz, visualizarla. Hay que construir imágenes de una sociedad en paz. En una sociedad en paz pasan muchas cosas, es todo muy dinámico: las palabras son más importantes y no hay actos violentos. El proceso de paz es diálogo. Eso implica que no solo los periodistas hacen preguntas, sino que todas las partes hacen preguntas y deben dar y obtener respuestas  “¿Qué hubiera pasado si yo hubiera hecho tal o cual cosa?” La respuesta puede ser otra pregunta: “¿con qué actitud hubieras hecho o asumido esto?” Ese proceso de diálogo mutuo es importante para la paz. Y los especialistas en formular preguntas son los periodistas, exactamente ustedes.

N.R. El país tiene una importante oportunidad de cambio que requerirá que los profesionales de todas las áreas se imaginen y actúen en un país distinto: ¿Cuál considera que es el papel de las facultades de comunicación en la formación de nuevos periodistas para un nuevo país en paz?

J.G. Tienen que enseñar la teoría y la práctica de la paz para que se sepa. La seguridad es la doctrina del Estado, que es bastante paranoica, porque siempre se ve la amenaza y el peor lado del otro. En la práctica de la paz siempre vemos lo mejor en el otro y cómo podemos encontrar lo mejor de cada uno en un proyecto de cooperación. Entendiendo eso, los periodistas pueden preguntar más asertivamente y facilitar la cooperación, el diálogo y el entendimiento. Juntar lo bueno con lo bueno, no solo lo malo.

Ese proceso de diálogo mutuo es importante para la paz. Y los especialistas en formular preguntas son los periodistas, exactamente ustedes”

N.R. ¿Cuál es su mensaje a las partes en conflicto y a la sociedad civil colombiana para mejorar su manera de comunicar y construir la paz?

J.G. Hay que completar el trabajo: luchar por alcanzar la equidad y dar oportunidades a aquellas personas que están en la escala más baja de la población, e insertarlas por fin en la sociedad. Hay que hacer visible la cooperación entre indios y blancos, entre personas diferentes, en igualdad de condiciones. Mostrar cómo piensan los grupos diversos. Ahora sabemos algo de lo que opinan el Gobierno y las FARC, pero ¿qué piensan los bancos, la industria, los mineros, los narcos, etc? Hay que saber mucho más de la sociedad y dialogar con todos los sectores.

N.R. ¿Cómo construir paz en un país con tantas y tan diferentes violencias, como Colombia?

J.G. Hay que demostrar que es posible la cooperación pacífica. No predicar contra la violencia, sino demostrar que otro mundo y otra Colombia con paz y mucha menos violencia son perfectamente posibles.