Yo vivo de preguntar…

"Yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo…"

“Me hice periodista con la ambición de cambiar el mundo”: Cees Hamelink

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Puntual, como buen holandés, Cees Hamelink espera en el segundo piso de la cafetería del Club Académico de Ámsterdam antes de la hora de nuestra cita a la que también llego, como es mi costumbre, con un cuarto de hora de antelación. Es diciembre de 2015 y en Holanda hace menos frío del que debería. Está solo, las demás mesas están vacías. Dudo un poco, pero lo reconozco por detrás y lo primero que me llama la atención es su pose concentrada de estudioso, con la espalda reclinada hacia adelante, que me recuerda la de un niño mientras colorea. Es fuerte el contraste entre esa escena y el ambiente bullicioso y distendido del primer piso, que se ve y se oye desde la barandilla, lleno de profesores que hablan entre sí o con algunos estudiantes.

Hamelink tiene una expresión vivaz y a la vez tranquila; habla con el entusiasmo de un joven que habita el cuerpo de un hombre sosegado de 75 años. Le he escuchado hablar antes, he visto en video algunas de sus conferencias y clases y recuerdo inmediatamente que es un buen orador, dinámico y divertido, capaz de mantener la atención, sin dejar de transmitir una cierta autoridad. En persona también es así. Dice que le hubiera gustado hacer la entrevista en español, pero se disculpa porque, aunque lo entiende, no lo habla con fluidez, pese a que su esposa es mexicana. Empiezo por pedirle que me cuente un poco sobre él para romper el hielo inicial: “Cuidado, puedo hablar sin parar durante horas”, me advierte con una sonrisa.

Hamelink

Cees Hamelink durante la entrevista con Nubia Rojas en Ámsterdam. Foto: Fetze Weerstra.

N.R. “Por favor cuéntele a las personas que leerán esta entrevista y que aún no lo conocen quién es Cees Hamelink”

C.H. “Soy psicólogo de formación con enfoque evolucionista. Soy investigador y profesor emérito de la Universidad de Ámsterdam y he sido profesor y conferencista invitado en varias universidades de todo el mundo. He trabajado como consultor y tengo un pasado como periodista, fui corresponsal en varios países. Me interesan los derechos humanos, el análisis de conflictos, los temas de paz y la comunicación internacional, entre muchos otros temas. He escrito varios libros, entre ellos, ‘Medios y Conflicto: Escalando el Mal’, uno de los más conocidos. Y, no menos importante, soy músico de jazz”.

N.R. “¿Músico de jazz? No tenía idea de eso” 

C.H. “Sí, y lo disfruto muchísimo. Los músicos de jazz aplicamos los principios darwinianos: creemos que solo podemos sobrevivir como especie si cooperamos y si confiamos los unos en los otros. Es lo que hacemos cuando tocamos. Entendemos que tenemos que ser flexibles, improvisar y escucharnos los unos a los otros, que es la base de la cooperación. Vemos la música como un diálogo. Estoy plenamente convencido de que la única cosa que nos ayudará a sobrevivir en este planeta es el diálogo. Y, sin embargo, los seres humanos somos la única especie, no ha habido otra que lo haga, que invierte tanta energía en eliminar a sus semejantes. Pero también tenemos cosas maravillosas: podemos amarnos los unos a los otros. Como humanidad, tenemos un gran potencial que explorar en ese sentido, es lo que intento enseñar a mis alumnos”.

N.R. “¿Qué impacto tiene su jazz ‘darwiniano’?” 

C.H.  “A veces toco jazz para niños de 5 o 6 años y veo que ellos entienden perfectamente y les gusta ver lo importante que es escuchar al otro, confiar en el otro, encontrar nuevas respuestas a diferentes situaciones y disfrutar. Intento reflexionar sobre esa necesidad de cooperación y de diálogo desde la academia, por eso escribí hace unos años el libro sobre medios de comunicación y conflicto”.

N.R. “Antes de comenzar a hablar del libro, le propongo que hablemos de su pasado como periodista, como corresponsal en varios países…” 

C.H. “A mediados de los años sesenta empecé a trabajar como periodista para un canal de televisión holandés llamado IKON, de tendencia progresista, que ya no existe. Primero me enviaron como corresponsal al Medio Oriente, en esa época yo no sabía nada sobre el conflicto árabe-israelí y, como casi todo el mundo, era bastante pro-Israel. Luego fui enviado a Beirut y fue un shock para mí porque vi la otra cara de la moneda, me di cuenta de que había otra historia que no había sido contada: la de los palestinos”.

N.R. “¿Qué supuso para usted ese ‘descubrimiento’?” 

C.H. “En 1967, luego de la Guerra de los Seis Días, hice un documental sobre los palestinos en el que no quise tomar partido, sino simplemente llamar la atención sobre su existencia y sobre la necesidad de que se escuchara su versión del conflicto, que se supiera que llevaban en su tierra muchísimos años. Sin embargo, el documental nunca fue emitido y ese hecho fue decisivo para mí, para que tomara la decisión de interesarme por los derechos humanos, por la realidad, por las personas que viven en el olvido, por quienes sufren, por aquellos cuya voz nunca es escuchada. Empecé también a preguntarme cómo debía ser un periodista y cuál era el tipo de periodista que yo quería ser y me di cuenta de que, en los medios de comunicación existentes, no había espacio para mí”.

N.R. “Fue entonces cuando renunció a su carrera como periodista y comenzó a abordar esos temas desde la academia…”

C.H. “En los años setenta, luego de mi experiencia en el Medio Oriente, fui enviado a África, tras la llegada al poder de Idi Amín en Uganda, y cubrí diversos temas en varios países de ese continente. Mi problema era que, como periodista, tenía que contar una historia en dos minutos y eso me parece muy superficial, así no se puede cambiar el mundo. Y oye: yo me hice periodista con la ambición de cambiar el mundo, sentía ese necesidad desde que era niño”.

N.R. Pero usted había estudiado psicología… ¿Qué relación veía entre la psicología, el periodismo y su ambición de cambiar el mundo?

C.H. “Estudié psicología con la intención de convertirme en psicoterapeuta, porque pensaba: ‘si soy muy bueno, puedo atender a cinco personas por día y, por lo menos, ayudar a cuatro, de manera que, cuantos más pacientes tenga, más podré ir logrando mi objetivo’. Por eso lo hice durante muchos años, con la esperanza de que cientos de personas pudieran cambiar su vida y cambiar el mundo gracias a mi ayuda. Luego pensé:  ‘¿por qué ayudar a cientos y no a miles?’ y fue cuando decidí convertirme en periodista, porque sabía que a través de los medios podía llegar a miles. Ahora veo que fui un poco ingenuo y me conformo con dar algo a mis estudiantes que les permita cambiar el mundo” (risas).

N.R. “Y ahí fue su salto definitivo hacia la academia…”

C.H. “Empecé seriamente mi carrera académica en los años 80. Entre mis clases y las conferencias, tengo muchísimos alumnos. Ellos son mi audiencia, por decirlo de algún modo. Y, tras todos estos años de vida académica, creo que esa audiencia es mucho mayor de la que hubiera alcanzado a través de los medios de comunicación. Es interesante porque es una audiencia joven y me encanta. Creo muchísimo en el poder de los jóvenes, en su potencial y en su capacidad de cambiar el mundo. Me gusta inspirarlos e intento no ser un profesor convencional, sino contarles historias que los hagan pensar”.

Hamelink repite insistentemente esa frase durante toda la conversación: “Cambiar el mundo”. Parece que le obsesiona. Y recuerdo así que, entre las muchas veces en que su trabajo ha sido reconocido y premiado, en 2012 recibió el Premio a la Comunicación para el Cambio Social que anualmente otorga la Universidad de Queensland (Australia) como reconocimiento a toda una vida dedicada a la comunicación para el entendimiento humano.

Empecé a preguntarme cómo debía ser un periodista y cuál era el tipo de periodista que yo quería ser y me di cuenta de que, en los medios de comunicación existentes, no había espacio para mí”

N.R. “¿Qué le quedó de su vida como reportero?”

C.H. “Como corresponsal en zonas de conflicto fui testigo del trato miserable que los seres humanos podemos darnos los unos a los otros. Aprendí que todas las personas: periodistas, abogados, investigadores, todos, podemos hacer un alto y decir: ‘hey, podemos tratarnos muchísimo mejor’. Pero también tenemos que ser realistas: el conflicto humano es inevitable. Y no debemos ser ingenuos: hay conflictos que no pueden ser resueltos”.

N.R. “¿A qué se refiere?”

C.H. “Sé por mis alumnos que es una afirmación muy difícil de aceptar, ellos insisten en decir que todos los conflictos pueden resolverse a través del diálogo. Yo digo que no. Cuando se puede hablar, por supuesto que hay que hablar; pero hay situaciones en las que el diálogo no es posible y simplemente tenemos que aceptarlo.

N.R. “Pero usted acaba de decir que lo único que nos ayudará a sobrevivir como especie es el diálogo… ”

C.H. “Como ya dije, hay conflictos que no se resuelven simplemente hablando. Por duro que parezca, el desescalamiento significa matar a menos personas y eso también hay que intentarlo. Es una opción minimalista para algunos, pero en países donde se mata mucha gente, es una opción bienvenida, depende desde dónde se mire. Si los Hutus y los Tutsis hubieran considerado esa posibilidad en Ruanda, hubiera muerto mucha menos gente. Los periodistas pueden jugar un rol en el desescalamiento del conflicto empezando por desescalar el lenguaje y dejar de reproducir las ideas y las incitaciones de los violentos. Lo contrario no es responsable”.

N.R. “Usted también es crítico con el Periodismo de Paz que propone Galtung…” 

C.H. “En parte lo hice para provocarlo, Galtung se exalta fácilmente”. Hamelink ríe. “El Periodismo de Paz me parece una buena propuesta, pero le critico que su noción de ‘paz’ es demasiado romántica como para ser útil y que no explora suficientemente la necesidad de que la sociedad sea receptiva a un tipo de periodismo favorable a la paz. Si a la gente común y corriente no le interesa la paz, el esfuerzo del periodismo es inútil. Pienso que la producción de noticias no es una responsabilidad única de los periodistas, sino que también involucra a la gente, también es su responsabilidad”. 

N.R. “Como sabe, Colombia está ahora en medio de un proceso de paz entre el Gobierno y las Farc para dar fin a un conflicto de casi cincuenta años ¿Qué opina al respecto?” 

C.H. “Como comunicador, considero que es muy importante el diálogo y veo ese proceso de paz como un gran triunfo de la diplomacia. Un diálogo comienza con la confianza. En ese tipo de procesos donde se juegan tantas cosas es necesario contar con negociadores de mente abierta, que inspiren confianza en las dos partes, que les caigan bien, que sepan escuchar, que puedan asumir posiciones no prejuiciadas. He conocido mediadores que eran personas muy desagradables. Si se me permite sugerir algo, si fuera mediador, traería músicos a la negociación.  Seleccionaría algunas piezas preciosas de música colombiana, traería músicos y pondría a cantar y a bailar a los negociadores. Creo que podrían experimentar y ver la confianza y la cercanía que eso puede llegar a construir. Ustedes los colombianos, los latinos, son gente muy musical, deberían aprovecharlo”. 

N.R. “El ambiente político y social del país presenta algunos cambios y los periodistas no han sido ajenos a eso: Ahora los medios están hablando de paz, luego de 50 años de hablar solo de la guerra ¿qué pueden hacer los periodistas para construir paz?”

C.H. “Tienen que partir del principio de que son periodistas, no terapeutas. La confusión en los roles debe evitarse. El periodismo de paz, antes que nada, es buen periodismo y estoy de acuerdo con Galtung en eso. Hay que apuntar a ser buenos periodistas, sin ser demasiado ambiciosos, sino siendo realistas y creyendo siempre en el diálogo. Los medios pueden ser muy útiles para demostrar la eficacia y la necesidad del diálogo, pero lamentablemente no es eso lo que estamos viendo ahora. No sé en Colombia, pero la tendencia mundial es que no abunda el diálogo en los medios”.

N.R. “En su libro ‘Medios y Conflicto: Escalando el Mal’ usted habla del sentimiento de humillación como un peligroso denonante de violencia. En Colombia las FARC se declararon al principio de los diálogos como víctimas y no se reconocieron como victimarios. Estado Islámico también ha argumentado que sus ataques terroristas tienen origen en la supuesta “humillación de la que los musulmanes han sido objeto por parte de Occidente” ¿Cómo debe un periodista manejar ese tipo de información?”

C.H. “Los líderes de esos grupos no necesariamente son víctimas, pero hay que mirar a quienes les siguen. Como seguramente también pasa en las FARC, Estado Islámico se dirige a los jóvenes que se sienten excluidos y aprovecha ese sentimiento para sembrar su ideología.  Los medios tienen que explicar los procesos de subordinación para que las personas entiendan de qué se trata todo este tema y saquen sus propias conclusiones. Y para eso deben ser responsables y remitirse a los hechos, esos son algunos de sus retos principales”.

N.R. “Usted afirma en el libro que los medios tienen un rol crucial en sensibilizar acerca de las víctimas que generan los conflictos. En Colombia puede decirse que están siendo reconocidas por primera vez ¿Cómo darle más relevancia a su voz y favorecer que la gente sienta empatía hacia ellas?”

C.H. Muchas veces se actúa como si no existieran. Hay que tener en cuenta que hay víctimas en todos los bandos, no se debería hablar solo de las víctimas de una de las partes. Desde el punto de vista periodístico, mostrar el sufrimiento es difícil porque supone un gran reto, como es el de hacerlo evidente sin caer en el morbo o en el sensacionalismo. Mostrar el sufrimiento es también evidenciar el daño que nos hacemos los unos a los otros y eso debería servir para reflexionar. Hay que encontrar maneras de mostrarlo sin que eso conduzca a la insensibilidad, la gente no soporta ese tipo de información por demasiado tiempo y una forma de lidiar con ella es ser indiferente, mirar hacia otro lado, volverla parte del paisaje.

N.R. “De su libro me llamó la atención otra afirmación: ‘El perdón y la reconciliación implican que los perpetradores escapen de su responsabilidad de rendir cuentas por cometer el mal’.  Creo que es una frase que puede ser muy controvertida, actualmente el perdón y la reconciliación están en el debate público en Colombia…”

C.H. “El perdón y la reconciliación también generaron opiniones encontradas en Sudáfrica. Un país necesita tiempo para recuperarse de todas las heridas infligidas, las cicatrices siguen siendo demasiado visibles, tanto, que para perdonar y dejar que sanen las personas exigen que se les diga la verdad. Es muy fácil para un victimario pedir perdón a una madre por lo que hizo contra su hijo, pero ella necesita mucho tiempo para reponerse del dolor. El duelo necesita mucho tiempo como para pretender que el perdón y la reconciliación vengan rápido. Los perpetradores deben hacerse responsables por sus actos y deben probar que no había otra posibilidad para ellos, como escapar o negarse a cumplir órdenes. No debe haber impunidad”.

N.R. “Usted propone en el libro la creación de un Sistema Internacional de Alerta Temprana para los Medios de Comunicación que monitoree los contenidos mediáticos en zonas de conflicto ¿Hay algo adelantado en ese sentido?”

C.H. “La propuesta ha sido muy discutida y la creación de ese Sistema sigue en proceso. Hay un debate entre los periodistas: unos piensan que se trata de imponer límites a la libertad de expresión, pero otros lo ven necesario. Es un largo camino, pero sigo pensando que algo así es indispensable. Lo imagino como un detector de humo, un mecanismo para detectar incitaciones al genocidio, la xenofobia, la violencia, etcétera, a través de los medios”.

N.R. “Tengo entendido que parte de su metodología es enseñar a sus estudiantes a no confiar en todo lo que dicen los medios…”

C.H. “Creo que los seres humanos debemos hacernos siempre, ante cualquier circunstancia, una pregunta básica: ‘¿esto es verdad?’ muchas historias que cuentan los medios, los políticos, etcétera, no son ciertas. El proceso educativo consiste en desarrollar el pensamiento crítico. No podemos conformarnos con decir: ‘¡oh, qué buena historia!’, sino que tenemos que ir más allá”.

Hamelink tiene prisa, ha pasado un poco más de una hora -el tiempo que dijo que me concedería- y un estudiante lo espera. Mientras se despide, dice rápidamente que es probable que dentro de poco visite a Colombia. “Allá nos vemos”, dice con un leve movimiento de mano y una sonrisa. Ojalá así sea.

Written by yovivodepreguntar

3 mayo 2016 at 17:51

Los niños piensan la paz

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“Si pudieras hablar con la guerra ¿qué le dirías?

– Le preguntaría qué le pasó en la infancia”

Santiago, 11 años, Armenia

“Hacer paz en el mundo es jugar y trabajar menos y tener más tiempo y comer hamburguesa y perro caliente”. Así definió la paz uno de los 300 niños y niñas que participaron en los talleres coordinados desde agosto de 2013 por el poeta antioqueño Javier Naranjo en 22 ciudades del país, por petición de la Subdirección Cultural del Banco de la República.

El objetivo de los talleres – que hacen parte de un proyecto de lectura y escritura, así como de una serie de exposiciones y conferencias denominada “La paz se toma la palabra”-, no solo fue escuchar lo que los niños piensan sobre la paz, sino conocer sus sueños, sus propósitos, sus miedos y sus heridas sin sanar. Algunas de las reflexiones surgidas de esos espacios se encuentran reunidas en el libro “Los niños piensan la paz”, que fue lanzado simultáneamente a nivel nacional el pasado 12 de noviembre desde la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá.

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Portada del libro “Los niños piensan la paz”, editado por el poeta antioqueño Javier Naranjo e ilustrado por PowerPaola. Imagen: Banco de la República

“Nada es más importante que vincular a las nuevas generaciones al tema de la paz”, dijo durante el acto el economista José Darío Uribe, gerente del Banco de la República. “Necesitamos palabras para nombrar e imágenes para recrear la paz (…) Las mentes de los niños colombianos son aptas para construir herramientas de paz sólidas”.

El libro se divide en tres partes: “Esto vivo” (testimonios), “Esto siento” (respuestas)  y “Esto digo” (opinión sobre los diálogos de paz). La idea es que se convierta en una herramienta para docentes y pueda ser útil en la Cátedra de la Paz.

Ángela Pérez, subdirectora del área cultural del Banco de la República, y Javier Naranjo, editor del libro, leyeron algunas de las respuestas de los niños a las preguntas planteadas durante los talleres ante un público estupefacto, que oscilaba entre el asombro y la alegría.

La paz empieza por casa

Si algo es especialmente llamativo y evidente es que para la mayoría de los niños su primera noción de “guerra’ y “paz” tiene que ver con lo que viven al interior de su familia, en su barrio, en su colegio.  Según Naranjo, “decir que la paz está en el corazón y en el hogar es un lugar común, pero es diferente escucharlo de los propios niños y ver cómo esa frase toma forma en su vida”. Esto resulta aún más claro al leer la respuesta de una niña que, a la pregunta sobre qué es la guerra para ella, responde: “¿la guerra de la casa o la de afuera?”

Naranjo dice haber llorado muchas veces y con demasiada frecuencia durante todo el proceso. Y no es de extrañar. “No había alternativa”, dice. Las respuestas de los niños generan en quien las lee sentimientos encontrados: tristeza, rabia, dolor, alegría ante la ingenuidad…  silencio.

“Los niños cuentan las cosas de manera implacable y sin adornos. Los talleres no fueron solo ir y pensar en cómo todo nos va a impactar, sino que había momentos de pequeñas catársis y sensaciones de alivio”, dice el poeta, muy experimentado en el trabajo con niños desde sus tiempos de profe de colegio, cuando editó por primera vez el libro “Casa de las Estrellas: El universo contado por los niños”.

Los sentimientos de tristeza, abandono y soledad, pero también su capacidad de disfrutar y ser felices con cosas simples, conmueven profundamente, a la vez que generan inevitables reflexiones sobre qué clase de vida y de futuro da este país a sus niños. Resulta evidente que los adultos no imaginan siquiera las marcas que la violencia deja en ellos y que, muy al contrario, los subestiman.

Hay que tratar a los niños con absoluto respeto. Subir, no bajar a su nivel. No hay que tratarlos con condescendencia”, dice Naranjo. “Los niños carecen de hipocresía”, añade. “ Les tengo un enorme respeto y una enorme admiración”.

La subdirectora del área cultural del Banco tiene claro que “los niños ven la realidad de modo más complejo que cualquier adulto”. Por eso sus respuestas nos inquietan, aún cuando a veces nos arrancan una sonrisa ¿Qué responderían los niños de otras partes del mundo si se les hicieran las mismas preguntas? ¿Qué sentirían unos y otros si leyeran sus respuestas? ¿Es normal que un niño o una niña piensen y respondan de la manera en que lo hicieron los participantes en los talleres? ¿A nadie le escandaliza que nuestros niños sientan con tan poca edad que las cosas deberían ser diferentes?

El poeta Javier Naranjo durante uno de los talleres en Armenia (Quindío). Foto: Banco de la República

El poeta Javier Naranjo durante uno de los talleres en Armenia (Quindío). Foto: Banco de la República

 

“Todos los días que mi papá llega más rápido de trabajar yo me siento con paz porque toda la familia está unida, y yo me siento tan feliz porque yo me preocupo por si le haya pasado algo muy malo, por eso me asusto”. Valentina, 9 años

¿Cuál es el primer recuerdo de guerra que tienes? “Mi familia”. Gina, 8 años. San Andrés

¿Qué te da miedo y por qué? “Me da miedo que mis padres me odien por tener novia… porque son homofóbicos” Laura, 15 años, Bogotá

¿Para qué se hace el proceso de paz? “Para tener buena convivencia, para que haya trabajo” Jorge, 11 años, Honda

¿Qué les dirías a los que están hablando en Cuba? “Yo les diría que piensen en los pobres o en la gente de pocos recursos económicos, pero que además se preocupen por muchas de las personitas que vienen atrás. Es mirar que los pobres también tenemos voz, y les preguntaría que qué esperan que nosotros hagamos ante las cosas corruptas que hacen sin que los demás se den cuenta” Yudy, 17 años, Neiva.

“La paz consiste en hacer preguntas y los especialistas en hacer preguntas son los periodistas”: Johan Galtung

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El matemático y sociólogo noruego Johan Galtung durante su conferencia inaugural en el IV Congreso Internacional de Comunicación para la Paz en Bogotá. Foto: Fabiola León Posada

El matemático y sociólogo noruego Johan Galtung durante su conferencia inaugural en el IV Congreso Internacional de Comunicación para la Paz en Bogotá. Foto: Fabiola León Posada

Cuando el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung visitó Bogotá a finales de septiembre, invitado por la Universidad Santo Tomás de Bogotá para su IV Congreso Internacional de Comunicación para la Paz, los pocos medios de comunicación que lo entrevistaron ahondaron en preguntas en las que le pedían su opinión sobre la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz, que hacía pocos días habían anunciado el Gobierno y las FARC en La Habana. Era evidente que para algunos periodistas Galtung era un desconocido y le pidieron definiciones simples sobre “paz”, “conflicto”, y “violencia” que por poco lo sacan de quicio: “Llevo casi 65 años trabajando en este tema”, insistió él mismo durante su conferencia inaugural.

A Galtung se le considera “padre” y pionero de la Investigación y los Estudios de Paz a nivel internacional. Sus definiciones de “conflicto” como incompatibilidad de intereses -natural a todos los seres- y de “paz” como mucho más que silencio de las armas, así como sus caracterizaciones de la violencia como directa, estructural y cultural, son ampliamente conocidas y han sido revisadas y estudiadas en todo el mundo. Por eso -quizá nunca antes tanto como ahora- sus estudios resultan de gran importancia para Colombia, país que dice haber visitado unas 20 veces desde 1962 y cuyo conflicto ha analizado, evidentemente, en profundidad.

Lo que pocas personas saben -incluyendo periodistas que debaten desde hace décadas sobre el rol de los medios en el conflicto- es que Galtung es el creador de un modelo de Periodismo de Paz orientado a construir un ambiente propicio para la superación de la violencia, a través del enaltecimiento de las iniciativas de paz de la ciudadanía y buscando superar la deshumanización, el escalamiento del conflicto y la polarización, dando voz a todas las partes.

Para los periodistas que trabajamos en el tema porque tenemos el convencimiento de que los medios de comunicación pueden jugar un rol determinante en la creación de un espacio de debate y diálogo público sobre la paz y de un nuevo modelo de país; en la construcción de una opinión pública informada, activa, pacífica y democrática, el Periodismo de Paz ofrece claves y pautas que merecen ser conocidas y analizadas.

Johan Galtung, durante su entrevista con Nubia Rojas en Bogotá

Johan Galtung durante su entrevista con Nubia Rojas en Bogotá

N.R. Usted desarrolló un modelo de Periodismo de Paz orientado a las soluciones, al diálogo  y a la ruptura de la polarización entre “buenos y malos”, y lo definió en contraposición al que usted llama “periodismo de guerra”, al que critica por estar excesivamente centrado en la violencia ¿Cuál es el origen de ese modelo y qué le hizo pensar en el periodismo? 

J.G. Para mí, la violencia es el humo y el fuego es el conflicto subyacente. Parto del principio de que debe haber un “periodismo de guerra” que nos permita conocer los hechos violentos que suceden en el mundo, pero los periodistas no saben cómo cubrir el conflicto, no tienen ni idea de cómo hacerlo, y por eso no lo hacen. Parte de mi propuesta es que los periodistas formulen dos preguntas clave cuando hay un acto violento: “señor presidente, a su juicio ¿cuál es el conflicto que subyace a este hecho de violencia? y ¿cuál es su idea para resolver este conflicto subyacente?” Estas preguntas resultan sorpresivas para los políticos porque no las esperan, pero deben ser respondidas para que quede claro que, además del humo, también está el fuego. Creo que los periodistas pueden aprender estas dos preguntas y, mientras tanto, leer algunas cositas.

N.R. Los medios y periodistas colombianos llevan al menos 50 años cubriendo la guerra y cometiendo muchos de los errores que usted ha criticado en sus libros: uso de un lenguaje violento y parcializado, deshumanización del que se considera enemigo, entre otros. Apenas ahora algunos medios están empezando a hablar de paz ¿Qué recomendaciones hace a los periodistas que cubren el actual proceso?

J.G. Es mucho más fácil cubrir la guerra que la paz. La razón es que la guerra tiene efectos visibles, mientras que la paz, por definición, es más tranquila y sus efectos parecen menos evidentes. El Periodismo de Paz ha sido exitoso en el Sudeste Asiático, en países como Indonesia y Filipinas existen medios de comunicación que trabajan con este modelo y ya se está enseñando en las escuelas de periodismo. No se trata de pretender que lo que se aplique allá funcione aquí, pero se puede aprender de esas experiencias. La evidencia demuestra que es totalmente falso que la prensa se vende mejor cuando cubre guerras: eso sucede, pero solo dentro de un sector de la población. La prensa vende más cuando hay noticias y esperanza de paz, hay estudios que demuestran que, cuando empieza un proceso de paz, más gente compra los periódicos.

N.R. Al inicio de las conversaciones de paz, el Gobierno colombiano decidió que las negociaciones debían ser estrictamente confidenciales para evitar “circos mediáticos” y filtraciones que afectaron a procesos de paz pasados. Como consecuencia, el hermetismo fue tal que los periodistas sentían que sus opciones de informar eran muy limitadas y la ciudadanía, aún ahora, no se siente muy informada. Un sector político alineado a la derecha aprovechó ese vacío para poner sus mensajes en agenda, sembrar dudas y miedo frente al proceso. Luego el Gobierno cambió de estrategia porque se dio cuenta del error y se ha esforzado por enmendarlo, pero no siempre con muy buenos resultados, algo que resulta preocupante porque será la ciudadanía la encargada de refrendar los acuerdos ¿Qué opina de todo esto y qué puede hacer el periodismo para revertir esa situación y lograr que haya información y actitud favorable a la paz?

J.G. Hay algunas fases de cualquier diálogo de paz que no son públicas. Sin embargo, considero que los comunicados emitidos por la Mesa de Conversaciones han sido muy pocos, hubiera sido bueno tener, al menos, un comunicado cada semana. Eso es importante. Por otro lado, creo que ha sido una mala política permitir que se hagan públicos debates álgidos y revelaciones graves sobre las negociaciones porque las delegaciones en La Habana los escuchan y pueden verse influenciadas.

N.R. Usted ha ahondado en múltiples trabajos en lo que llama “deshumanización del enemigo” y considera que, para construir paz, hay que reconocer que incluso el contradictor es un ser humano. Recientemente, una petición del presidente Santos resultó polémica: pidió a los medios no referirse a las FARC como terroristas. Muchos colegas y gente del común se preguntan -al igual que algunos críticos del Periodismo de Paz- ¿cómo dejar de llamar “asesinos” o “secuestradores” a quienes han infligido dolor a tantas personas?

J.G. Hay una idea fuertemente arraigada en la tradición católica que es la de “rechazar el pecado y proteger al pecador”. Lo recomendable es permitir que el propio victimario admita lo que ha hecho, explique sus razones y manifieste que se ha dado cuenta de que estaba equivocado, sin dejar de creer en su derecho de defender sus ideas sin utilizar la violencia. La “conversión” -otra idea religiosa- es un cambio en el sentido de que los seres humanos no somos estáticos, estamos cambiando constantemente. Y eso debe ser aceptado, incluso en la confrontación, con la condición de que no se debe volver al estado anterior.

N.R. ¿Por qué los periodistas deberíamos saber sobre conflictos? ¿qué deberíamos saber los periodistas sobre la paz?

J.G. Porque hay que saber más. Hay que saber y mostrar, por ejemplo, que hay formas diferentes de resolver las diferencias; aceptar el Estado de Derecho y, al mismo tiempo, cuestionar la falta de justicia social. Pero aún no han llegado a eso en La Habana: siento algo de tristeza porque la desigualdad, que es una de las causas estructurales del conflicto colombiano, no parece estar presente en ninguno de los acuerdos. Eso debería alertar a los periodistas sobre la posibilidad de que la violencia brote de nuevo en el futuro, aunque las FARC ya no sean un actor en el conflicto.

N.R. ¿Considera usted que los periodistas tienen alguna responsabilidad en la construcción de paz? Algunos colegas opinan que su único deber es informar…

J.G. Los periodistas deben tener una imagen de la paz, visualizarla. Hay que construir imágenes de una sociedad en paz. En una sociedad en paz pasan muchas cosas, es todo muy dinámico: las palabras son más importantes y no hay actos violentos. El proceso de paz es diálogo. Eso implica que no solo los periodistas hacen preguntas, sino que todas las partes hacen preguntas y deben dar y obtener respuestas  “¿Qué hubiera pasado si yo hubiera hecho tal o cual cosa?” La respuesta puede ser otra pregunta: “¿con qué actitud hubieras hecho o asumido esto?” Ese proceso de diálogo mutuo es importante para la paz. Y los especialistas en formular preguntas son los periodistas, exactamente ustedes.

N.R. El país tiene una importante oportunidad de cambio que requerirá que los profesionales de todas las áreas se imaginen y actúen en un país distinto: ¿Cuál considera que es el papel de las facultades de comunicación en la formación de nuevos periodistas para un nuevo país en paz?

J.G. Tienen que enseñar la teoría y la práctica de la paz para que se sepa. La seguridad es la doctrina del Estado, que es bastante paranoica, porque siempre se ve la amenaza y el peor lado del otro. En la práctica de la paz siempre vemos lo mejor en el otro y cómo podemos encontrar lo mejor de cada uno en un proyecto de cooperación. Entendiendo eso, los periodistas pueden preguntar más asertivamente y facilitar la cooperación, el diálogo y el entendimiento. Juntar lo bueno con lo bueno, no solo lo malo.

Ese proceso de diálogo mutuo es importante para la paz. Y los especialistas en formular preguntas son los periodistas, exactamente ustedes”

N.R. ¿Cuál es su mensaje a las partes en conflicto y a la sociedad civil colombiana para mejorar su manera de comunicar y construir la paz?

J.G. Hay que completar el trabajo: luchar por alcanzar la equidad y dar oportunidades a aquellas personas que están en la escala más baja de la población, e insertarlas por fin en la sociedad. Hay que hacer visible la cooperación entre indios y blancos, entre personas diferentes, en igualdad de condiciones. Mostrar cómo piensan los grupos diversos. Ahora sabemos algo de lo que opinan el Gobierno y las FARC, pero ¿qué piensan los bancos, la industria, los mineros, los narcos, etc? Hay que saber mucho más de la sociedad y dialogar con todos los sectores.

N.R. ¿Cómo construir paz en un país con tantas y tan diferentes violencias, como Colombia?

J.G. Hay que demostrar que es posible la cooperación pacífica. No predicar contra la violencia, sino demostrar que otro mundo y otra Colombia con paz y mucha menos violencia son perfectamente posibles.

“Queremos servirle a este país, pero no con las armas”

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Diego Carreño tiene 31 años y se define como “ objetor de conciencia antimilitarista y no violento”. Su meta: Que el servicio militar deje de ser obligatorio y la libreta militar no impida el acceso los  jóvenes colombianos a oportunidades de trabajo y educación.

Diego Carreño. Fotos: ACOOC

Un mes después de que se conociera el resultado de la sentencia sobre el caso del joven objetor de conciencia al servicio militar obligatorio Reynaldo Aguirre, el nombre de otro muchacho empezó a aparecer en los medios de comunicación por el mismo motivo: Se trata de Diego Carreño, de 31 años, el primer colombiano beneficiado por la Ley 1738 de diciembre de 2014, por la cual se elimina la libreta militar para graduarse de estudios superiores.

Aunque ambos comparten convicciones sobre la inutilidad de la violencia para resolver conflictos; sobre la necesidad de que Colombia cambie sus imaginarios sobre la masculinidad asociados al ejercicio de la violencia y de que para ser un héroe hay que portar un arma; y están seguros de que un país nuevo requerirá de que sus jóvenes trabajen por la paz y no pierdan la vida en la guerra, Diego no es objetor por razones religiosas.

Es el segundo de seis hermanos de una familia de clase media donde los hijos fueron criados por unos padres amorosos que siempre les inculcaron valores de libertad, autonomía, respeto e igualdad. Su mamá fue quien primero les habló a Diego y a su hermano mayor, Julián, sobre la objeción de conciencia, pues conocía del tema gracias a su trabajo en derechos humanos con una organización cercana a Justapaz, ong perteneciente a la Iglesia Menonita que se fundó hace 25 años, precisamente, en oposición al servicio militar obligatorio. Al igual que Reynaldo, a la edad de 15 años Diego empezó a hacer parte del programa de Hacedores de Paz.

Su papá, un comerciante con vocación de músico que falleció poco antes de que Diego lograra ver cumplido su sueño, tuvo que enfrentar una crisis económica en los años 90 de la que nunca pudo recuperarse y que puso en grave riesgo la estabilidad -además de cambiar los roles de género- de la familia.

Esa circunstancia tuvo mucha influencia en la conciencia social de Diego, que actualmente hace parte de la Acción Colectiva de Objetores y Objetoras de Conciencia- ACOOC, un grupo muy bien organizado de jóvenes que se autodefinen como “no violentos y antimilitaristas” que ha colaborado con otras organizaciones, como la propia Justapaz, en el impulso, incidencia y visibilización de este tema.

Estos muchachos, en su mayoría universitarios, aseguran buscar ir mucho más allá de la defensa del derecho individual a la objeción de conciencia para defender derechos colectivos, transformar las normas, crear alternativas y procesos de pedagogías para la paz y la no violencia.

Diego no solo objetó al servicio militar obligatorio, sino a hacer parte de la reserva del Ejército y a tener la libreta militar, como muchos de sus compañeros de ACOOC. Se graduó del colegio con 16 años, así que no podía ser reclutado; sin embargo, una vez cumplida la mayoría de edad, debía pagar la Cuota de Compensación Militar y la expedición de la libreta militar de reservista de segunda clase, pero se negó.

“Decidí que no tenía sentido que yo, así no fuera a filas, terminara pagándole a un Ejército cuyos ideales no comparto y haciendo parte de su reserva. Personalmente, considero que eso hubiera sido un irrespeto a mis convicciones. Me declaré como objetor de conciencia antimilitarista en en amplio sentido de la palabra, lo que incluye el rechazo a cualquier actor armado, legal o ilegal, y al uso de la violencia como método de lucha política. Mi objeción de conciencia antimilitarista está basada en la No Violencia Activa como principio de acción política”, dice plenamente convencido.

El joven pudo entrar a la Universidad Libre a estudiar filosofía eximido del requisito de la libreta militar, gracias a una certificación de Justapaz en la que constaba su participación en procesos de formación para jóvenes objetores. Diego continuó vinculado al tema desde diversas iniciativas durante su vida de estudiante y llegó, incluso, a trabajar en Ecuador con una ong belga.

Al reunir todos los papeles para tramitar el grado, sustituyó la libreta militar por una carta en la que le explicaba a la universidad todo su proceso como objetor de conciencia, pidiéndole que le eximiera de ese requisito. La universidad se negó haciendo referencia a la normativa vigente. Paralelo a eso, Diego tenía un proceso judicial abierto contra el Ejército -según él, después de muchas negativas y evasivas-, exigiendo su derecho a ser reconocido como objetor de conciencia.

El proceso se alargó durante años y Diego empezaba a perder la calma: “En términos psicosociales, se me estaba convirtiendo en una carga”, dice. “Me decía a mí mismo que ya llevaba muchos años en esa lucha, pero estaba tan agotado que a veces me preguntaba si no tendría que sacar la libreta militar. Hubiera sido mucho más doloroso retractarme de la decisión que había tomado por tantos años que mantenerme en ella, porque eso iba a ser más lesivo para mi conciencia y para mi proyecto de vida. Entonces me reafirmé en la lucha, pero sabía que todo el proceso podía dilatarse mucho más”.

Diego ha tenido que enfrentar muchas dificultades por el hecho de no tener la libreta militar: además del desgaste emocional y de haber tenido que postponer durante años la fecha de su  grado por la exigencia que la universidad le hacía de adjuntar ese requisito, perdió la oportunidad de obtener una visa de trabajo que le permitiera continuar en el Ecuador.

En Colombia también perdió oportunidades de trabajo, especialmente con el sector privado, aunque según el Defensor del Pueblo para Asuntos Legales y Constitucionales, Luis Manuel Castro, este requisito hasta ahora solo es necesario para contratar con el Estado y las organizaciones privadas no están obligadas a exigirlo. Finalmente, Diego ha conseguido subsanar esas dificultades contruyéndose un perfil laboral como consultor, algo para lo que, según dice, no ha necesitado la libreta militar. Por si fuera poco, hace unos meses una universidad se negó a admitirlo para una maestría por no tener ese documento.

Para él y para sus compañeros de ACOOC la libreta militar es violatoria de los derechos fundamentales de los hombres jóvenes en Colombia: “Si no puedes ejercer tu derecho a la educación graduándote de la universidad, tampoco puedes conseguir los fines para los que estudiaste, como incorporarte en el mercado laboral en condiciones de igualdad. Eso genera discriminación y que no puedas garantizar tu subsistencia, es decir, ejercer tu derecho al trabajo y a una vida digna”, dice Diego en el tono serio y enfático que le caracteriza.

Para estos muchachos es importante que en Colombia se empiece a debatir la objeción fiscal, es decir, la posibilidad de negarse, por motivos de conciencia, a pagar impuestos que vayan destinados a la guerra.

“Hay muchas maneras en que los jóvenes podemos servirle a nuestro país”

Justapaz y ACOOC son dos de las organizaciones que más activamente han promovido la creación de un servicio social alternativo al servicio militar obligatorio para los jóvenes que se rehúsen al uso de las armas y al ejercicio de la violencia para defender ideales políticos o valores nacionales,  así se juzgue legítimo, como en el caso del Ejército.

“Ahora que en el marco de las negociaciones de paz entre el Gobierno y las FARC se habla tanto del desescalamiento del conflicto, sería bueno que se debata sobre la necesidad de reformar las estructuras que sostienen ese conflicto, como el Ejército”, dice Jenny Neme, directora de Justapaz. “Nuestra hipótesis es que no se necesitan tantos efectivos ni trazarse una meta tan alta de reclutamiento. El servicio militar debería dejar de ser obligatorio”, añade.

En eso están de acuerdo las dos organizaciones que, pese a sus aparentes diferencias, han mostrado mucha apertura y trabajado juntas varias veces en ese sentido. A eso apunta, por ejemplo, la participación activa que ambas han tenido en la promoción de un Servicio Social para la Paz, iniciativa de la que ya se habla en el Congreso.

“Como la paz no es solo un derecho, sino un deber -algo que también se dice del servicio militar-, entonces el deber de mantener la paz es una de las maneras en que se puede servir a la comunidad”, defiende Diego.

“No es que los jóvenes que nos hemos declarado objetores de conciencia al servicio militar obligatorio no queramos servirle a este país, lo que pasa es que queremos hacerlo de manera diferente: no con las armas, sino con actividades que ayuden a que la paz sea una realidad, como los derechos humanos, la memoria histórica, el trabajo con víctimas, etcétera”, dice.

Para Diego y sus compañeros de ACOOC, el Estado debe abrir los espacios para que los jóvenes sean constructores activos de paz y no promotores de la guerra. Algo similar decía hace unos meses el propio Comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, cuando propuso que los jóvenes contribuyan a la construcción de paz en un escenario postacuerdo.

Por su parte, el defensor Castro recuerda: “Hay una promesa electoral del actual presidente Santos según la cual, si se firman los acuerdos, se eliminará el servicio militar obligatorio. Hacia allá va la legislación y hacia allá deben orientarse muchas acciones del Estado: a quitar esa tendencia de materializar el proyecto de vida de una persona alrededor de una libreta militar. Hay que materializar esas expectativas que fueron parte de esa promesa de campaña que determinó la decisión de muchas personas de reelegir la actual administración”.

Diego ha ejercido liderazgo como objetor defendiendo la idea de la no violencia activa. Logró graduarse de la Universidad Libre pese a no tener su libreta militar. Foto: ACOOC

Diego ha ejercido liderazgo como objetor defendiendo la idea de la no violencia activa. Logró graduarse de la Universidad Libre pese a no tener su libreta militar. Foto: ACOOC

“La objeción de conciencia es una apuesta política y ética a favor de la paz”

Los muchachos de ACOOC cuestionan los valores de una sociedad represiva y autoritaria, como la colombiana, que, según consideran, está asociada al machismo y a valores como el “heroismo”, que se vende como un valor de quienes usan el autoritarismo y la violencia para hacerse valer. Se niegan a ser ese ideal de hombre y pretenden generar cambios profundos en la manera en que esta sociedad se percibe. Por eso emprenden acciones pedagógicas y de incidencia concretas a través del arte. Se niegan a ser tachados de apáticos, desinteresados y superficiales por el mero hecho de ser jóvenes.

“La apatía y la indiferencia tienen mucho contenido político en tanto a lo que se oponen es a esa forma tradicional y adultocéntrica de hacer política”, dice Diego. Los jóvenes sí estamos aportando a la sociedad, pero desde nuestros lenguajes y nuestro ámbito cotidiano. Y estamos cansados de la guerra y de la clase política corrupta, guerrerista y violenta”.

Se declaran abiertamente pacifistas, pero no acríticos: “¿Es sostenible un proceso de paz si los jóvenes de más bajos recursos son los que acaban en la guerra -como actores legales o ilegales-, sin oportunidades de acceso a la educación, el trabajo, la vivienda o la salud? ¿Es sostenible la paz en un país que invierte más dinero en seguridad y defensa que en política social?”, se preguntan. Para ellos, si el proceso de negociación no apunta a erradicar las causas estructurales del conflicto, es muy poco probable que Colombia salga de la espiral de violencia, la guerra y la militarización.

“Los cambios generacionales son importantes. Los retos que enfrentará este país en materia de construcción de paz, en el caso de que llegue a firmarse un acuerdo, serán muy grandes. Por eso es necesario contar con las nuevas generaciones para hacer de Colombia un país diferente”, dice Diego. Por su parte, tiene claro que quiere seguir estudiando e incidiendo para que a los jóvenes no se les siga exigiendo la libreta militar para ejercer sus derechos.

En opinión suya y de sus compañeros, la esperanza de paz ha propiciado que en este país empezaran a suceder cosas insólitas, como que cada vez se hable más de la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y los jóvenes apuesten por la resolución pacífica de los conflictos. “Quienes nos hemos negado a las armas estamos construyendo un país distinto, fuera de la guerra. Nuestra bandera son los derechos humanos y la no violencia”.

Publicado el 12 de junio de 2015 en ¡PACIFISTA!, plataforma web de la revista VICE Colombia. Click aquí para ver el original.

“Podemos hacer más por este país con trabajo y educación que matándonos entre nosotros”

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¿Quién es este joven de Soacha que gracias a una tutela contra el Ejército le despejará el camino a muchos muchachos que se niegan a prestar el servicio militar obligatorio porque va en contra de su conciencia?

Reynaldo Aguirre. Foto: ACOOC

Reynaldo Aguirre. Foto: ACOOC

Cada vez que le hago a Reynaldo Aguirre una pregunta que, al responderla, lo pondrá como protagonista, su reacción instintiva es una sonrisa amplia, entre tímida, pícara y sorprendida, que le achica los ojos y le llena toda la cara. Le pregunto a este muchacho de 22 años cómo se siente y si es consciente de que la sentencia T455/14 de la Corte Constitucional dada a conocer a finales de enero de este año -resultado de una tutela interpuesta por él en contra del Ejército y que sirvió como base para un protocolo firmado por la Fuerza Pública y la Defensoría del Pueblo la semana pasada-, le despejará el camino a muchos muchachos que se niegan a prestar el servicio militar obligatorio en Colombia porque va en contra de su conciencia.

“Eso me hace sentir muy emocionado”, me responde entre risas y casi como si no pudiera creerse que un muchacho como él haya podido lograr algo así. “Estoy muy contento porque logré un sueño, algo que me fijé como meta; y, aunque tuve que hacer muchos sacrificios y no fue nada fácil enfrentar tantas dificultades y resistir la presión, el respeto a mis convicciones me ayudó a seguir adelante con todo el proceso”, dice, y su cara tiene ahora un semblante más serio, casi solemne.

Reynaldo -Rey, para los amigos- es el quinto de nueve hermanos. Sus padres se separaron cuando él tenía cuatro años de edad. La suya es una familia humilde y trabajadora conformada actualmente por él, su hermano menor, y su mamá, Eunice Bernal, vendedora de tamales y arepas y oriunda de Jerusalén, Cundinamarca. Los tres viven juntos en Soacha, un municipio vecino de Bogotá en el que conviven cientos de desplazados por la violencia y familias de origen campesino; el mismo que se hizo tristemente célebre a finales de 2008 por el escándalo de los “falsos positivos”, como se llamó en Colombia a las ejecuciones extrajudiciales a las que fueron sometidos civiles inocentes por parte de miembros del Ejército para hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate, con el objetivo de conseguir ascensos, vacaciones y otros privilegios.

Reynaldo terminó el bachillerato en 2012, cuando ya era mayor de edad, y debía “resolver su situación militar”. Para entonces, ya tenía claras dos cosas: la primera, que quería y necesitaba trabajar para poder ayudar económicamente a su familia, pero sabía que no iba a poder hacerlo sin la libreta militar; y la segunda, que no estaba dispuesto a enrolarse en un ejército, fuera este legal o ilegal, porque eso contradecía las fuertes creencias personales y religiosas que desde niño aprendió en su familia y en la comunidad religiosa de la que hace parte. Él es un convencido de la no violencia y la resolución de conflictos a través del diálogo.

Esas creencias le habían llevado, con apenas 15 años, a interesarse por los derechos humanos y el trabajo comunitario, por lo que se inscribió en el Programa de Formación para Jóvenes Hacedores de Paz de Justapaz. Esta organización perteneciente a la Iglesia Menonita -autoproclamada “iglesia de paz”, con cinco siglos de antigüedad en el mundo y setenta años de presencia en Colombia- nació hace 25 años, justamente, con la vocación de defender y reivindicar el derecho de objetar conciencia al servicio militar obligatorio.

La apuesta decidida y radical que, según la directora de Justapaz, Jenny Neme, ha hecho esta iglesia por interpretar el evangelio de Jesús como un mensaje de no violencia y de amor, incluso, por los enemigos, le ha valido persecuciones y asesinatos de sus miembros en todo el mundo, además de injustas sindicaciones de subversión. Neme contradice esas acusaciones y afirma que Justapaz se opone a todo tipo de violencia, a toda forma de acción armada y a preparar a los jóvenes para la guerra. Por eso muchachos como Reynaldo encuentran apoyo en esta organización.

Desde el mismo momento en que tuvo que presentarse ante las autoridades militares, el joven planteó, vía derecho de petición, su negativa a prestar el servicio militar obligatorio adjuntando pruebas de su vinculación con programas de formación en no violencia y apelando a sus derechos constitucionales a la libertad de conciencia, al derecho de petición y a la libertad de culto. La respuesta del Ejército, según él, no solo fue evasiva, sino que demostró que la institucionalidad castrense no sabía cómo manejar el asunto: Reynaldo afirma que un Capitán lo declaró remiso, categoría correspondiente a quienes no se presentan cuando son citados.

El muchacho añade que, posteriormente, fue citado a una “Junta de Objeción de Conciencia” (cuya existencia niega la propia Jefatura de Reclutamiento del Ejército y sobre la que dice que “no tiene reglamentación legal específica”), pero no fue atendido y, en ese momento, pasó un segundo derecho de petición, con el acompañamiento de Justapaz, que no fue respondido de fondo. Cansado de evasivas, pero fiel a sus convicciones, el joven interpuso una Acción de Tutela para defender sus derechos fundamentales, incluido el derecho a la objeción de conciencia, que desde 2009 ya es considerado como tal.

En la sentencia resultante de juntar el caso de Reynaldo con el de Santiago Holguín –un joven de Medellín que demandó al Ejército tras ser reclutado ilegalmente en una batida- la Corte afirma que las autoridades militares no podrán negar respuesta a ninguna solicitud y, si lo hacen, deberán demostrar que las convicciones del objetor no son profundas, fijas y sinceras. Tampoco podrán discriminar a los peticionarios por existencia o no de razones religiosas y deberán abstenerse, en lo sucesivo, de ordenar o permitir redadas o batidas.

También ordena al Ejército que informe a los jóvenes, de todas las maneras posibles, de las causales de exención y aplazamiento, incluida la objeción de conciencia, y obliga a la Jefatura de Reclutamiento a elaborar una cartilla que esa instancia dice haber impreso, junto con un plegable informativo.

Sin embargo, para la fecha de escritura de este artículo en la web de la Jefatura de Reclutamiento aparecen muy escasas alusiones a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio: en el apartado “Marco Legal” no aparece la sentencia y las referencias al tema son más bien vagas. En el apartado “exentos” no aparecen los objetores de conciencia; no se habla de este derecho como tal y la única cartilla (o similar) que aparece en el link “Guía Situación Militar” le dedica apenas un par de párrafos generales e imprecisos.

La propia Corte Constitucional reconoce que, aunque ha adoptado diferentes sentencias por casos similares a los de Reynaldo y Santiago, el Ejército Nacional no ha implementado las medidas necesarias para garantizar el derecho fundamental a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y para proscribir las redadas o batidas, de las que dice que son inconstitucionales por violar el derecho fundamental a la libertad personal, y le recuerda a esa institución que están prohibidas por la ley.

También le recuerda que tiene la obligación constitucional de responder de fondo los derechos de petición. Varias fuentes consultadas manifestaron que el Ejército no suele responder o lo hace superficialmente. Quien esto escribe recibió respuesta a un derecho de petición por fuera de los términos que manda la ley, luego de más de un mes de intentos fallidos de comunicarse por todos los medios posibles con el Jefe de Reclutamiento del Ejército, General Jorge Eliécer Suárez, y de constantes dilaciones y evasivas que hicieron imposible llegar a entrevistarlo.

Entonces ¿Qué le hace creer a la Corte Constitucional que esta vez el Ejército sí acatará una sentencia que le obliga a modificar o proscribir algunas de sus prácticas? “Si comparamos las órdenes que se imparten en esta sentencia con las que se habían dictado antes, esta tiene un alcance mucho más contundente”, responde el magistrado ponente, Luis Ernesto Vargas Silva. “Ahora la Corte le exige al Ejército que demuestre que realmente acató la sentencia”.

Corregir todos los fallos en el proceso de incorporación de los jóvenes al servicio militar obligatorio, proteger sus derechos humanos, mejorar la comunicación entre instituciones y establecer una ruta de desincorporación de los muchachos exentos, aplazados u objetores de conciencia al servicio militar obligatorio, entre otros temas, es lo que pretende el protocolo de actuación firmado la semana pasada por la Defensoría del Pueblo, el Ejército y la Policía Nacional.

“Un fallo histórico, pero no perfecto”: abogado demandante

La Corte ordenó al director de reclutamiento del Ejército que, además de reconocer a Reynaldo y Santiago como objetores de conciencia, les expida la libreta militar de reservista de segunda clase – la que se otorga a los que son considerados exentos por la ley-, luego de que los muchachos hayan pagado la Cuota de Compensación Militar y los costos de expedición de la libreta.

René Gutiérrez, abogado que representó a Reynaldo por petición de Justapaz, considera que esa sentencia, que sentó jurisprudencia, es un fallo histórico, pero está lejos de ser perfecto: “Alguien que se declare a sí mismo objetor de conciencia al servicio militar obligatorio no quiere pertenecer al Ejército ni ahora ni nunca. La libreta militar de reservista implica, como el nombre lo indica, que de todas maneras el muchacho pasa a hacer parte de la reserva del Ejército y puede ser llamado a filas cuando la situación lo exija”, dice.

Por su parte, el defensor para Asuntos Legales y Constitucionales de la Defensoría del Pueblo, Luis Manuel Castro, dice que la ley que regula los recursos provenientes de la Cuota de Compensación Militar es inconstitucional: “Todo recaudo que se haga debe ir al Tesoro Nacional, al presupuesto general de la Nación y debe reinvertirse, por ejemplo, en salud y educación; no debería ir destinado al Ministerio de Defensa porque eso quiere decir que ese dinero es para la guerra y hay una prohibición constitucional muy clara que dice que ‘no habrá rentas nacionales con destinación específica’”, afirma. Preguntada vía derecho de petición sobre el destino específico de estos dineros, la Jefatura de Reclutamiento se limitó a contestar citando la norma.

Según Castro, también sería inconstitucional que la Cuota de Compensación Militar se liquide con base en el patrimonio familiar y no del joven, teniendo en cuenta que este ya es mayor de edad cuando debe definir su situación militar: “Si el muchacho no tiene patrimonio, la familia no debería asumir esa carga” que, dice el defensor, supone un esfuerzo económico importante para estas familias, usualmente pobres o de bajos ingresos.

Menos del 1% de los jóvenes que prestan el servicio militar obligatorio pertenecen a los estratos 4, 5 y 6. Foto: ACOOC

Menos del 1% de los jóvenes que prestan el servicio militar obligatorio pertenecen a los estratos 4, 5 y 6. Foto: ACOOC

Una guerra de pobres contra pobres

En respuesta al derecho de petición, la Jefatura de Reclutamiento asegura que entre 2012 y 2015 ha recibido 433 solicitudes de objeción de conciencia por motivos religiosos, de las que asegura desconocer si fueron resueltas positiva o negativamente debido a que no cuenta “con los soportes documentales respectivos, los cuales reposan en cada uno de los Distritos (militares)”.

Sin embargo, más adelante afirma que, de esas 433 solicitudes “únicamente han sido negadas 37 (…) por falta de soportes probatorios en los términos precisos que fijó la jurisprudencia” (las convicciones profundas, fijas y sinceras de las que habla la Corte), “es decir, del 100% menos del 8,6% han sido falladas negativamente por falta de soportes de parte del solicitante”. No sobra recordar que la prueba de esas convicciones es un requisito fijado por la sentencia, que data de 2014 y fue dada a conocer, como se dijo, a finales de enero de 2015, por lo que ninguna solicitud cursada antes de esa fecha puede haberse negado por la falta de pruebas que argumenta el Ejército.

Por otro lado, el defensor afirma que la realidad está llena de ejemplos de jóvenes exentos –incluidos víctimas del conflicto- que se ven obligados a engrosar las filas del Ejército porque ni ellos ni sus familias tienen el dinero para pagar la Cuota de Compensación Militar y no tienen otra alternativa.

Aunque la Jefatura de Reclutamiento del Ejército responde en el mismo derecho de petición que “respecto a la condición socioeconómica de los soldados (…) en ninguna de las normas vigentes para el servicio de reclutamiento (se) contempla que dicha información haga parte del proceso de selección para la prestación del servicio militar”, la sentencia cita estadísticas enviadas por la Dirección de Reclutamiento y Control de Reservas del Ejército Nacional a la Defensoría del Pueblo, de las cuales la Corte Constitucional concluye que “la mayoría de los ciudadanos que prestan el servicio militar obligatorio en Colombia, para el período 2008-2013, pertenecen a los estratos socioeconómicos más bajos y tienen menor instrucción”, como Reynaldo.

Según estas cifras,  en el período comprendido entre 2009 y 2013, 439.476 ciudadanos prestaron el servicio militar obligatorio. “Igualmente, en lo que tiene que ver con la distribución de estratos socioeconómicos, las cifras demuestran que en el periodo estudiado 2008-2012, más del 80% de los soldados que prestan el servicio militar obligatorio pertenecen a los estratos 0, 1 y 2, con prevalencia del estrato 2”, dice el texto. Al menos en lo que respecta a la categoría de “soldados bachilleres”, un 17.11% de los reclutados pertenece al estrato 3 y menos del 1% a los estratos 4, 5 y 6.

Reynaldo ha tenido que endeudarse para poder pagar la Cuota de Compensación Militar y la expedición de la libreta. Su victoria es agridulce: “Para mí este caso no ha terminado”, dice con tono decidido. “Me daré por satisfecho el día en que no tenga que portar una libreta militar. Ese día podré decir que soy libre de todo este sistema que le quita oportunidades a los jóvenes como yo, que creemos que podemos hacer mucho más por este país, por nuestras familias y por nosotros mismos estudiando y trabajando que matándonos entre nosotros”.

Actualmente estudia Comunicación Social gracias a su esfuerzo  y a la ayuda de algunas personas, pero no ha conseguido un trabajo que pueda combinar con sus estudios y le permita ganar el sustento para él y su familia. “La mía es la situación de miles de jóvenes colombianos. Se nos ve como gente inmadura, pero quienes tenemos claro que lo nuestro no es la violencia y nos hemos declarado objetores de conciencia, sabemos que podemos construir un país diferente. Ahora tenemos muchas posibilidades, los cambios son lentos, pero se están dando. Soy un joven de 22 años y tengo esperanza. Sé que voy a ver un mejor futuro para mi país”, dice, y su rostro vuelve a iluminarse con una sonrisa.

Publicado el 9 de junio de 2015 en ¡PACIFISTA!, plataforma web de la revista VICE Colombia. Click aquí para ver el original.

Los derechos de las mujeres, en la mira

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El pasado mes de diciembre fue lanzado en Quito un libro de la Corporación Humanas y la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador que analiza las sentencias judiciales en casos de violencia contra las mujeres, la tipificación del delito de feminicidio y el cubrimiento que reciben estos temas en los medios de comunicación de ese país. El texto aporta interesantes reflexiones que pueden ser muy útiles para Colombia.

Karina del Pozo Foto: www.eluniverso.com

Karina del Pozo
Foto: http://www.eluniverso.com

El 17 de noviembre de 2012 Sandra Patricia Correa, de 35 años, salió a cumplir una cita en el centro de Medellín y nunca volvió. Fue asesinada de una puñalada en el tórax por su exmarido y padre de su hija de 6 años, quien la había citado en un motel. La pareja llevaba un buen tiempo sin convivir, pero él -que la había atacado en varias ocasiones y no paraba de acosarla, celarla y perseguirla-, se negaba a aceptar que la relación había terminado y a dejarla seguir con su vida.

Colombia supo del caso luego de que el pasado 9 de marzo, un día después de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, se hiciera pública la sentencia SP 2190/2015 de la Corte Suprema de Justicia en la que se declara, a propósito del caso de Sandra, que “los crímenes pasionales son verdaderos feminicidios.

La prensa colombiana se refirió a la sentencia como “histórica” y, sin entrar en mayor detalle, resumió los argumentos de la Corte y se refirió a la condena a 23 años de prisión fijada al condenado, Alexander Ortíz.

Tres meses después del asesinato de Sandra, el 20 de febrero de 2013, la quiteña de 20 años Karina del Pozo fue violada y asesinada por tres conocidos suyos, luego de una fiesta en la capital ecuatoriana. Su brutal asesinato coincidió con el debate sobre los elementos constitutivos del delito de femicidio/feminicidio que se llevaba a cabo por esa época en la Asamblea Nacional del Ecuador, a propósito de la aprobación del Código Integral Penal. Su caso tuvo un gran impacto en medios de comunicación.  La justicia condenó a cada uno de los responsables a 25 años de prisión y a pagar una indemnización a la familia de la víctima.

La legislación ecuatoriana se basó en los planteamientos de las autoras feministas estadounidenses Diana Russell y Jane Caputi, que han definido el femicidio (femicide) como “asesinatos de mujeres por parte de los hombres (sic), motivados por el desprecio, el odio, el placer o el sentido de propiedad sobre ellas”. Hace algunos años la antropóloga mexicana Marcela Lagarde tradujo y amplió esta definición a feminicidio, poniéndolo en un contexto de violencia estructural contra las mujeres, implicando con ello responsabilidad del Estado, por acción o por omisión, en la violación de sus derechos humanos.

El caso de Karina del Pozo fue considerado un femicidio a la luz de esa naciente tipificación en el código penal del Ecuador, pero no se consideró un feminicidio por no haber responsabilidad alguna del Estado en su muerte. Desafortunados ejemplos de feminicidio podrían ser los asesinatos sistemáticos de mujeres en Ciudad Juárez, en México; el secuestro masivo de niñas en Nigeria con el objetivo de esclavizarlas sexualmente, y la utilización del cuerpo de las mujeres como arma de guerra en el marco del conflicto armado colombiano. Y podría ser así porque ni el Estado mexicano, ni el nigeriano, ni el colombiano, han sido capaces de garantizar y proteger los derechos de las mujeres y de las niñas lo suficiente como para evitar su victimización.

En el caso de Sandra, la Corte Suprema de Justicia de Colombia lo tipificó como feminicidio, aunque la sentencia no hace diferencia entre los dos conceptos (ni siquiera menciona el femicidio) y no se habla de que haya responsabilidad del Estado en su muerte, aunque se reconoce que fue un error de la Fiscalía haber dejado en libertad al asesino de Sandra luego de que, en un ataque anterior, ocurrido en 2009, le propinara nueve puñaladas que la dejaron tan herida de gravedad que se llegó a temer por su vida.

El caso de Karina del Pozo, considerado emblemático, es el eje transversal del libro “Los derechos de las mujeres en la mira”, de la Corporación Humanas Ecuador, la Universidad Politécnica Salesiana y la Universidad Andina Simón Bolívar, que se lanzó en Quito el 11 de diciembre de 2014. El texto analiza en profundidad la acción de la justicia expresada en las sentencias judiciales, en la figura del feminicidio tipificada en el Código Integral Penal ecuatoriano y la reconstrucción simbólica de ese tipo de violencia en los medios de comunicación. Se trata de una interesante reflexión que puede ser muy útil para Colombia.

Los derechos de las mujeres, en la mira

Portada del libro. Imagen: mujerescontandoenvozalta.bligoo.com

Portada del libro.
Imagen: mujerescontandoenvozalta.bligoo.com

La Corporación Humanas Ecuador, con diez años de existencia en ese país, es una asociación feminista sin ánimo de lucro que hace parte de una articulación regional que trabaja por la justicia de género. Desde el año 2009 cuenta con dos observatorios: uno de sentencias judiciales y otro de medios. En este último se revisan diariamente las páginas de diez periódicos ecuatorianos en busca de información relacionada con la violencia contra las mujeres, con el fin de analizar el tratamiento periodístico que recibe la violencia machista.

El trabajo del observatorio se enfoca en los formatos y géneros de carácter informativo y de opinión y no en publicidad, fotografías o imágenes. Luego del análisis de las noticias publicadas, hace recomendaciones dirigidas a ayudar a los periodistas a subsanar las deficiencias en la cobertura de este tema, que en seis años han demostrado ser recurrentes: sensacionalismo, ignorancia y omisión de las causas estructurales de la violencia machista, como el sistema patriarcal imperante que somete a las mujeres a la voluntad masculina; falta de especialización en el tratamiento informativo; falta de diversidad en las fuentes, propagación de estereotipos y prejuicios que propician la sospecha en contra de las mujeres, insinuando que “algo habrán hecho” para merecer ser violentadas, entre muchas otras.

Según la socióloga ecuatoriana Ana Lucía Herrera, directora de la Corporación Humanas Ecuador y una de las editoras del libro, el observatorio, aunque tiene un valor diferencial por su especificidad, está teniendo un escaso impacto en la prensa y los periodistas. Ella lo atribuye, en parte, a las dinámicas propias del trabajo periodístico, como la inmediatez y la falta de tiempo para que los profesionales continúen su formación; a la reticencia de los medios a ser evaluados “desde fuera” y al egocentrismo y la falta de autorregulación y autocrítica del gremio.

“Hemos insistido mucho en recomendar a los medios que monitoreamos que adopten un manual de estilo, un código de ética respecto al tratamiento de la violencia de género contra las mujeres, pero no hemos tenido éxito”, lamenta Herrera. Sin embargo, reconoce que algunos medios están haciendo un esfuerzo e intentan esclarecer, cada vez que cubren un caso de violencia en que una mujer resulta ser víctima, si se trata o no de un femicidio. “Ha sido interesante”, dice. “Pero ha habido un poco de confusión y a algunos periodistas todo les parece un femicidio”.

Sobre el caso de Karina del Pozo, el libro dice que “no ha sentado precedente en lo que respecta a calidad informativa de todos los asuntos relacionados con la violencia de género contra las mujeres. Por el contrario, un año después del crimen y de su cobertura los medios ecuatorianos se han replegado y permanecen al margen de estrategias de prevención de la violencia machista (…)”. En el texto se afirma que “ya no hay ni debate ni consternación nacional ante nuevos casos de femicidio. Pero los canales de denuncia pública están y la gente sabe cómo utilizarlos”.

Algo similar ocurrió en Colombia tras la brutal violación y asesinato de Rosa Elvira Cely en mayo de 2012. Los medios de comunicación hicieron un gran despliegue del caso –algunos en mayor profundidad que otros-, pero luego de un tiempo la violencia contra las mujeres volvió a hacer parte del paisaje y a perderse entre otras informaciones.

Una de las conclusiones más lapidarias del estudio realizado en Ecuador, aplicable también a Colombia, es que “la violencia de género contra las mujeres no llega todavía al top de los temas de la agenda nacional”. Una de las razones es que se trata de un tipo de violencia que goza de cierta aceptación social en una región altamente machista y patriarcal, como la latinoamericana, donde las telenovelas, afirma la directora de Humanas Ecuador, “contribuyen a propagar y afianzar una imagen estereotipada de las mujeres que no ha cambiado en años”.

“Es imprescindible que el periodismo actual sea incluyente y no sexista”

De izquierda a derecha: Roxana Arroyo, Paulina Palacios. Edgar Vega, Nelly Valbuena y Ana Lucía Herrera, durante el lanzamiento del libro "los derechos de las mujeres en la mira" en Quito (Ecuador). Foto: Nela Meriguet mujerescontandoenvozalta.bligoo.com

De izquierda a derecha: Roxana Arroyo, Paulina Palacios. Edgar Vega, Nelly Valbuena y Ana Lucía Herrera, durante el lanzamiento del libro “los derechos de las mujeres en la mira” en Quito (Ecuador). Foto: Nela Meriguet- mujerescontandoenvozalta.bligoo.com

¿Es posible que los medios de comunicación hagan un cubrimiento más serio y profundo de la violencia contra las mujeres que contribuya a un cambio de mentalidad y a la erradicación de esa violencia? Nelly Valbuena, comunicadora social colombiana y profesora de Comunicación, Género y Derechos Humanos de la Universidad Politécnica Salesiana de Quito, cree vehementemente que sí.

“Hay que hacer una gran apuesta porque el periodismo se ponga al día en los avances de las ciencias sociales”, afirma. “Hacer periodismo con perspectiva de género equivale a entender que hay una desigualdad histórica entre hombres y mujeres y que, en el marco de su responsabilidad social, los medios de comunicación tienen que dar cuenta de esa inequidad. No es más que un componente del ejercicio profesional para reconocer, no solo los problemas que aquejan a las mujeres, sino las diversidades sexuales. Es urgente y necesario que haya periodistas especializados en estos temas”.

Gracias a la iniciativa y convicción de Valbuena, autora de uno de los capítulos de “los derechos de las mujeres en la mira”, la universidad para la que trabaja incluyó en su programa académico la asignatura que ella imparte y hay un completo programa de prácticas para los estudiantes. Es una de las razones de su vínculo con la Corporación Humanas.

Para ella, las facultades de comunicación del continente están llamadas a formar nuevos profesionales que contribuyan a superar las falencias actuales en el cubrimiento de estos temas y, por esa vía, a erradicar la violencia de género: “Las mujeres tenemos que empezar a aparecer en los medios no solamente como una estadística, cuando nos matan, sino con nuestra propia voz y nuestro propio relato; no con el elaborado por el periodista con base en su propia interpretación”, afirma.

Sobre la acogida que este tema ha tenido en sus estudiantes, Valbuena dice entusiasmada: “Contrario a lo que se piensa, tienen mucho interés y ven muchas posibilidades de trabajo y acción para producir contenidos periodísticos con perspectiva de género. La clave ha sido generarles una reflexión interna sobre la violencia directa y simbólica en su cotidianidad: los chistes, los prejuicios, el entorno familiar, etcétera, y ha dado muy buen resultado. Su manera de ver el mundo ha cambiado y eso se evidencia, por ejemplo, en cómo escriben”.

Mirando al futuro

Por desgracia, en la publicidad son comunes los anuncios en los que se cosifica sexualmente el cuerpo de las mujeres. En la imagen, una valla publicitaria en Costa Rica.  Foto: Nubia Rojas

Por desgracia, en la publicidad son comunes los anuncios en los que se cosifica sexualmente el cuerpo de las mujeres. En la imagen, una valla publicitaria en Costa Rica.
Foto: Nubia Rojas

Es evidente, como se afirma en “los derechos de las mujeres en la mira”, que la sola tipificación de los delitos de femicidio o feminicidio no evitará la muerte de más mujeres, ni eliminará los prejuicios y estereotipos de género de los funcionarios públicos y de justicia o los periodistas; pero es “una oportunidad para el debate, la información y la formación de la sociedad (…), los medios de comunicación y los operadores de justicia”. “El castigo penal -añade el informe- no cambia patrones culturales que, como el machismo, se encuentran tan arraigados”.

Aunque, por desgracia, los casos de Sandra y Karina no son nuevos ni únicos en su tipo, sus muertes han sentado precedentes judiciales en sus países, pero eso no será suficiente para detener la violencia que se cobra cada día la vida de tantas y tantas mujeres en todo el mundo. Las causas estructurales de la violencia de género deben ser develadas y la sociedad tiene que entender que es urgente erradicarla. Los periodistas podemos y debemos ayudar, hay mucho trabajo por hacer.

“Pese a una mejoría durante las negociaciones de paz, la crisis humanitaria en Colombia sigue siendo grave”, advierte informe del IECAH

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El documento fue presentado hoy miércoles durante una rueda de prensa que tuvo lugar en Bogotá, a la que asistieron Fabrizio Hochschild, Coordinador Residente Humanitario de la ONU en Colombia; Lars Vaagen, Embajador de Noruega en ese país; Mariano Aguirre, director del Centro del Centro Noruego para la Construcción de la Paz- NOREF (por sus siglas en inglés) con sede en Oslo, y el codirector del IECAH, Francisco Rey Marcos.  

De izquierda a derecha: Mariano Aguirre, director del NOREF; Lars Vaagen, Embajador de Noruega en Colombia; Fabrizio Hochschild, Coordinador Residente Humanitario de la ONU en Colombia, y Francisco Rey Marcos, codirector del IECAH y coautor del informe. Foto: Nubia Rojas

De izquierda a derecha: Mariano Aguirre, director del NOREF; Lars Vaagen, Embajador de Noruega en Colombia; Fabrizio Hochschild, Coordinador Residente Humanitario de la ONU en Colombia, y Francisco Rey Marcos, codirector del IECAH y coautor del informe.
Foto: Nubia Rojas

A pesar de la mejoría en algunos indicadores humanitarios, sobre todo desde el inicio de las negociaciones de paz, la situación humanitaria que vive el país sigue siendo grave”, afirman los investigadores Francisco Rey y Sophie Duval en el informe “La dimensión humanitaria tras los acuerdos de paz: propuestas para la comunidad internacional en Colombia”, que fue elaborado por el IECAH con el apoyo de NOREF y comisionado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios- OCHA en Colombia.

Ante un auditorio de Naciones Unidas lleno de representantes de la cooperación internacional en Colombia, organismos del Estado, Organizaciones No Gubernamentales, y periodistas, el Coordinador Residente Humanitario del Sistema de Naciones Unidas en el país, Fabrizio Hochschild, llamó la atención sobre el hecho de que las negociaciones de paz han impactado positivamente en la situación humanitaria, sobre todo, desde el cese unilateral al fuego declarado por las FARC a finales del año pasado. Sin embargo, aclaró que esa guerrilla sigue siendo un actor importante en las confrontaciones armadas.

Por su parte, el embajador de Noruega, Lars Vaagen, enfatizó en que, en un país con enormes brechas y problemas sociales como Colombia, la acción humanitaria no termina con la firma de un acuerdo de paz: “Los actores humanitarios, tanto nacionales como internacionales –dijo Vaagen-, deben prepararse para los grandes desafíos que vendrán e intentar llenar todos los vacíos en la protección”.

A su turno, el director del NOREF, Mariano Aguirre, afirmó que el valor añadido de este informe es que se basa en experiencias de varios actores humanitarios en el terreno. Aguirre coincidió con el Embajador y aseguró que “la paz no comienza cuando se firma el acuerdo, sino que tomará mucho tiempo construirla”.

Entre tanto, el codirector del IECAH y uno de los autores del Informe, Francisco Rey Marcos, llamó la atención sobre la necesidad de que se incluyan los temas humanitarios en la agenda de negociación antes de la eventual firma de los acuerdos y urgió porque en Colombia “se le pierda el miedo a ‘lo humanitario’” y cese el abuso de esa denominación.

Aspectos más relevantes del informe

El documento afirma que, pese a la mejora que han supuesto las negociaciones de paz, la situación humanitaria en Colombia sigue siendo grave.  Foto: www.vanguardia.com

El documento afirma que, pese a la mejora que han supuesto las negociaciones de paz, la situación humanitaria en Colombia sigue siendo grave.
Foto: http://www.vanguardia.com

En el documento se muestra la evolución de los principales indicadores humanitarios durante las negociaciones de paz que adelantan el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC-EP en La Habana. El documento contiene datos correspondientes al período comprendido entre noviembre de 2012 y noviembre de 2014, por lo que no incluye el impacto –positivo en algunas áreas- que ha tenido el  cese unilateral de hostilidades declarado por las FARC- EP el pasado 20 de diciembre.

Para la elaboración de este reporte se entrevistó a más de cien personas de diversas instituciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, durante los meses de agosto y septiembre de 2014, en Bogotá y los departamentos de Córdoba, Nariño y Valle del Cauca. En él se destacan, a la vez, los avances que ha habido en materia humanitaria en temas como el desplazamiento forzoso y el hecho de que, a pesar de ellos, el conflicto sigue generando víctimas diariamente y la situación en algunas zonas del país sigue siendo grave, por lo que los temas humanitarios deben ser uno de los pilares del trabajo de la cooperación internacional en un escenario post-acuerdo.

La investigación destaca que “un escenario post-acuerdo con las FARC-EP no significaría automáticamente el fin de todas las violencias” y que, “a pesar de posibles mejoras en los indicadores humanitarios a nivel nacional al reducirse significativamente las acciones de las FARC-EP, persistirían otros actores generadores de violencia (incluidos  los Grupos Armados Post-Desmovilización- GAPD, BACRIM en el lenguaje oficial, y el ELN, en caso de que no haya negociaciones de paz con ese grupo), cuyo impacto humanitario puede tener variaciones regionales significativas”.

Asimismo, el reporte indica que en un escenario post-acuerdo todavía pueden darse graves situaciones humanitarias, por lo que se recomienda mantener y, de ser necesario, incrementar la presencia de los actores humanitarios internacionales en Colombia. “Una retirada de la ayuda humanitaria demasiado apresurada puede tener consecuencias sobre las poblaciones vulnerables y afectar el propio proceso de paz –dice el documento-. Más aún cuando las regiones más afectadas por el conflicto enfrentan rezagos y retos históricos en materia de desarrollo”.

El informe reflexiona sobre los retos y oportunidades que esto implicaría para los actores humanitarios en Colombia, a la vez que hace algunas recomendaciones a la comunidad internacional para continuar respondiendo a las necesidades humanitarias, y profundiza en la coordinación con las iniciativas de desarrollo y construcción de paz, y con el Estado: “El rol de la comunidad internacional humanitaria debe cambiar –dice-, reconociendo que la firma de un acuerdo de paz supone un replanteamiento de su relación con las autoridades estatales y locales orientado a fortalecer la coordinación, complementariedad y fortalecimiento de las capacidades institucionales”.

El documento finaliza con una serie de recomendaciones a la comunidad internacional en relación con la incorporación de aspectos humanitarios en el trabajo post-acuerdo; al acompañamiento y la relación con el Gobierno y las instituciones locales; al monitoreo y verificación de los avances humanitarios, y en relación con el apoyo a la sociedad civil y sus organizaciones.

Artículo original publicado el 12 de febrero en la web del IECAH. Para verlo, hacer click aquí. 

Written by yovivodepreguntar

11 febrero 2015 at 17:04